Los tres discernían el dilema planteado por Leivis, ¿a qué grupo unirse? Los suicidas por allá, los muertos por accidentes, los que habían perdido la vida en alguna guerra…, en fin ¡cuántos “agrupaciones” de muertos había en aquel infinito cementerio! ¡Y qué tremenda anarquía se notaba!

— ¿Cuál es el tuyo? —esa pregunta fue lanzada por Natalia a Leivis de manera inesperada.

— ¿El mío?

—Sí, el tuyo. ¿Tú estás muerta no?

Unos segundos de silencio y desconcierto entre los tres les impidió notar que cinco suicidados se acercaban a ellos.

— ¿Estos son los mortinatos? —la pregunta iba dirigida a Leivis.

—Soy yo —respondió Jonder dando un paso al frente.

— ¿Y ella? —preguntó el mismo suicida señalando a Natalia.

—Ella…

—Ella nació viva —Jonder interrumpió a Leivis porque presintió que no diría la verdad.

Hasta ese momento llegó el diálogo. Los cinco suicidas arremetieron a golpes contra los dos jóvenes. Leivis se fue separando poco a poco al escuchar la última frase de Jonder; ella siempre les había cumplido la promesa de llevar mortinatos al particular cementerio y ahora Jonder diciendo que «esa» había nacido viva.

Una tromba de golpes lanzaban los cinco contra ambos muchachos, a Jonder le era imposible refutar el ataque, les llegaban golpes de todas partes y entonces decidió colocarse delante de Natalia para al menos evitar que la golpearan a ella.

Otros muertos se sumaron a la golpiza, solo esperaban que comenzaran el trabajo de matar a golpes a los mortinatos.

Jonder comenzaba a «sangrar», un líquido rosado muy claro cubría completamente su cara. Y ya no podía evitar que Natalia también fuera golpeada; entonces ella intentó repeler el ataque, a gritos, porque no podía hacer otra cosa. Pero su voz fue superada por la de una mujer que se acercaba corriendo como loca.

El instante utilizado por los golpeadores para girar y ver quién les pedía detenerse fue utilizado por Félix para abducir de ese loco cementerio a los dos muchachos.

— ¡Cuánto le pedí que no saliera de este mundo! —repetía Félix sin dejar de moverse en la habitación donde los atendían.

Natalia se recuperó bastante rápido, pero el joven no reaccionaba a ninguna inyección de energía.

El médico colocó un suero mientras murmuraba:

—Creo que ha vuelto a morir —con el suero Jonder se recuperó unos minutos, pero volvió al coma energético.

Natalia no podía apartar de su mente el rostro «sangrante» de Jonder; así como tampoco el de aquella mujer se les acercaba corriendo y que cada vez tenía menos dudas de que era su madre.

Dos mundos

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