Félix nunca había vacilado, siempre asumía las «recogidas» más difíciles; podía decirse que con gusto. Por qué, no lo sabía; quizás por lo difícil que le fue a él asimilarlo. Entonces trataba de que aquél a quien iba a buscar no lo sufriera tanto.

El Comité de Adopción de Mortinatos nunca le había encomendado penetrar a un útero con jimaguas, donde solo nacería con vida la niña.

  Estaban a punto de encenderse las circulares luces del salón donde Daniela iba a parir. Y precisamente por esas luces se abriría la conexión de ambos mundos; entonces Félix debía llegar hasta Jamila y Jonder, antes de que él «falleciera». Conversar con ambos y explicarle a la niña que su hermano siempre estaría allí, donde ella lo necesitara.

  Daniela estaba nerviosa, su primer parto, diabética y para colmo había tenido un accidente doméstico quince días atrás, sufriendo un fuerte golpe en la barriga.

—Ánimo Daniela —le decía el doctor, al mismo tiempo que señalaba a todo su equipo consciente de la difícil situación que estaban a punto de enfrentar.

  Ya las contracciones se hacían continuadas.

— ¡Vamos mi amor, puja fuerte! —este aliento lo recibía del esposo que apretaba su mano.

  Él la miraba repasando todo el trayecto hasta el hospital. «Cuando Daniela le gritó desde el cuarto que se había roto la fuente, él corrió enseguida y al entrar a la habitación vio la sabana cubierta de sangre; esto lo hizo correr hasta el carro y salir como un bólido sin dejar de tocar el claxon. Pidiéndole a su mujer calma cada vez que daba un brusco giro para evitar algún auto que se encimaba».

  Ya en el centro médico otros se sumaron a la carrera hasta llegar al salón donde ahora esperaban la llegada al mundo de sus dos hijos; el llanto lo hizo reaccionar, Jamila fue la primera en salir y ya la estaban aseando, pero el llanto de Jonder no se escuchaba…

— ¿Qué pasa con mi hijo? —preguntaba desesperada Daniela.

  El niño no daba el llanto de vida, inyecciones, sueros, oxígeno, aparatos. Nada.

  Félix tuvo que aguantar con fuerza a Jonder; pequeño, acabado de nacer y de morir, pero que con fuerza intentaba soltarse para abrazar a su madre.

El portal ya estaba abierto y él quería saltar hacia sí mismo.

—En este mundo tú estás muerto Jonder. Yo vine para llevarte conmigo a tu nueva vida.

  Me miró y volteó la vista hacia el salón donde su madre lo abrazaba llorando; así, sin mover la cabeza esperó que todo se oscureciera delante de nosotros.

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