Toda la atención del Comité de Mortinatos se centraba en el estado físico de uno de los últimos en llegar, e incumplido las reglas de ese mundo.

Ahora el muchacho se debatía entre su primera y segunda muerte.

También tenían en cuenta a Natalia. Sin ser mortinata había sido la causa de todo y era necesario decidir qué hacer con ella.

—Yo puedo ser su Encargado —planteaba Félix tratando de quitarle una responsabilidad a esa joven, que realmente no tenía.

Jonder se le había escapado a él y encontrado a Natalia sentada en un parque; y por Jonder había aparecido Leivis. Todos tenían claro que era una caza-mortinatos; para entregarlos a los otros muertos y le pagaran por eso.

El Comité no aceptaba la propuesta de Félix…, había sido muy poco exigente con Jonder y todo terminó muy mal.

Un suero energético tras otro mantenían con «vida» al muchacho, pero en realidad las esperanzas eran pocas. Natalia no dejaba de preguntarle a Félix; sentía una culpabilidad tremenda y al mismo tiempo existía otro motivo:

—Estoy segura que era mi madre —así le repetía continuamente a quien solicitaba ser su Encargado—, yo necesito regresar a ese lugar.

—Piensa en Jonder —era la repuesta también constante de Félix—, no mejora nada.

Natalia mantuvo su pedido y lo consiguió:

—Esa es la cafetería Félix —estaban parados en la fatídica esquina.

— ¿Estás segura?

Ambos dudaban.

Natalia se debatía entre el deseo de reencontrar a su madre y el temor de entrar al lugar donde fueron agredidos tan brutalmente.

Félix, por su parte, valoraba el reclamo de una hija y no tenía dudas: si aquella mujer fue capaz de enfrentar a ese grupo de suicidados allí dentro era la madre de Natalia; pero al mismo tiempo pensaba que nuevamente él provocaría una violación de las reglas del mundo mortinato.

Casi a punto de empujar la puerta los dos escucharon un llamado:

— ¡Exigimos el regreso inmediato! La pérdida de un mortinato no ocurría en más de seiscientos años…

Ya no escucharon más, los reclamaban del otro lado y Félix la tomó del brazo para cruzar el portal preparado justo frente a ellos.

Natalia lloraba encima del cuerpo inerte de Jonder, lo abrazaba y sus lágrimas regaban el rostro del muchacho; este, inesperadamente, comenzó a mostrar energías; ella comienza a besarlo de manera refleja y él a recuperarse.

Los médicos no daban crédito, pero la recuperación de Jonder se notaba solo por el contacto de los labios de Natalia. Ella estaba asustada, nunca había besado a un joven y ahora sus caricias y besos estaban «impidiendo su muerte».

Impidiendo

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