Esprando en el parque

 

Natalia fue el nombre que gritó la muchacha del banco y que Jonder no pudo escuchar en el momento en que Félix casi lo arrancó del mundo con una vida diferente.

  Ella regresaba todas las tardes al mismo sitio con la esperanza de encontrarlo. Ése joven había sido la única persona que habló con ella después que perdiera a la madre. Y quería contarle su historia.

 

  «El día en que vino al mundo fue complicado, ciertos acontecimientos fortuitos obligaron a los médicos a casi forzar un parto que se presentaba embarazoso. Pero Natalia nació viva y al parecer sin complicaciones. Pero apenas terminaban de lavarla cuando comenzó a convulsionar.

— ¡No logra llevar oxígeno a sus pulmones!

  Fue una enfermera la que se percató de ese detalle; mortal, por cierto.

—Preparen urgente la cámara dos —ordenó el médico a cargo del parto.

  Y así, presentándose índices anormales de oxigenación la mantuvieron durante nueve días.

  La madre sufría y la «sentía» sufrir, Entonces pidió hablar con el médico.

—Ella no va a sobrevivir doctor, yo quiero llevármela para que muera en su casa, tranquila…, sin esos aparatos que la martirizan y me hieren a mí.

—Tiene que firmar un acta de…

—Lo que sea doctor, ¡me la llevo!

  Ya en la casa Natalia continúo con vida otros dos días,

  En el Campo Santo, cuando la enterraban, su madre sintió unos dedos pequeñitos que le secaban la mejilla: era Natalia que se regodeaba en su regazo. La mujer se sobresaltó, ¡su hija no estaba en el ataúd que veía hundirse en el nicho! ¡Estaba con ella! Miró a un lado y al otro y se dio cuenta que nadie, absolutamente nadie veía a la niña y la escondió aún más mientras regresaban a la casa.

  Y así pasó el tiempo, meses, años. Durante los cuales madre e hija conformaron un micro mundo solo para ellas. Natalia estaba muerta y su mamá lo sabía, pero la niña no. Y quería salir y jugar como todos los demás muchachos que ella veía desde el cuarto donde había vivido siempre.

  La madre logró ingeniárselas para sortear cada uno de estos deseos porque estaba convencida de que si la «dejaba» salir la perdería. Incluso la enseñó a leer, escribir, algo de matemática.

  Le acondicionó un espacio bien cómodo para que durmiera y le pidió a su esposo hacer vida matrimonial en otra habitación.

  A los diez años llegó un hermanito para Natalia, que la puso muy contenta, su hermano sí la tocaba, se reía con ella, provocando a veces estupefacción en los demás miembros de la familia.

— ¡Cuánto se divierte! —comentaban—. Para sus cuatro años se entretiene bastante así, solo.

  Y Natalia miraba a su mamá que sonreía.

  Pero llegó el día del accidente. Ella estaba en su cuarto y sintió el tremendo calambre que recorrió todo su cuerpo. Los tres habían muerto. Entonces ya nada detuvo a Natalia en su cuarto; y salió a la calle, a ver el mundo.

  Solo que a ella nadie la veía…

  Hasta que encontró a aquel muchacho que hasta habló con ella. ¿Cómo podía? Si ella estaba muerta.

  Por eso todas las tardes volvía al banco donde conversaron…, se fijaba en todos buscando aquel hito de energía que vio en el joven: el aura, como ella le había dicho.

  Pero no lo veía.»    

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