El viaje hacia el mundo donde le correspondería vivir representó para Jonder alrededor de quince años de una vida normal. Por lo tanto el Consejo Mortinato de Adopción y Recibimiento lo acogía esa tarde como un adolescente ya maduro.

  Durante el traslado Félix intentó explicarle la mayor cantidad de cosas nuevas que podría encontrar allí. Y al parecer el muchacho lo había asimilado todo de manera satisfactoria.

  Ahora, de pie frente a cinco «personas» los escuchaba. Estos hablaban de manera alternada y Félix estaba detrás de él.

—El que nacieras muerto no quiere decir que no tengas vida…

—Y que tengas quince años así, de pronto, no quiere decir que los perdieras, porque del lado de acá vivirás infinitamente.

—Aunque pueden ocurrir muchas cosas que te devuelvan al mundo original de todos nosotros; muerto por supuesto.

—Hace miles de años existe esta otra manera de vivir…

—Nosotros seremos tus tutores, pero el Encargado directo de encaminarte en nuestro mundo será Félix

  Esas palabras las escuchaba de uno y del otro, también miraba con el rabillo del ojo y ladeando un poco la cabeza a su Encargado. ¿Sería verdad todo eso? Ya él había entendido que nació muerto, pero y esto… ¿qué explicación podría darle?

—Lo entenderás Jonder, lo entenderás —casi le susurró Félix.

—Sí —le dijo uno de los tutores—, algunos logramos desarrollar la telepatía.

  La confusión aumentaba en la mente del joven y se reflejaba en su rostro; entonces el rector de la mesa le indicó a Félix que lo llevara a descansar. Todo estaba ocurriendo inmediatamente después del traslado entre mundos y por supuesto el agotamiento se hacía sentir.

  Pero en realidad Jonder no mostraba desconcierto y asombro por lo que sucedía frente a él, sino porque el sollozo de su hermana no salía de su cabeza. A la visión de su madre abrazándolo, la última grabada del otro mundo, se sumaba ahora el llanto quejumbroso de su hermana. Y mientras caminaba junto a Félix pensaba en la forma de regresar.

—No debes hacerlo Jonder —le dijo Félix—, es muy normal que la escuches; eso te sucederá a menudo y tienes que aprender a controlarte.

—Pero y si ella me necesita…

—Puede que sí, pero ya tú no eres de allí.

  Insatisfecho por la respuesta entró Jonder a la habitación que le asignaron para descansar. Interiormente no aceptaba aquello de no volver a ver a su hermana, su mamá o su papá.    

Un segundo mundo

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