Se encontraron sin conocerse, pero sabiendo que se entregarían a una horas de amor.

Al principio, hubo una natural tensión, ese sentimiento de no familiaridad que se experimenta entre dos extraños que apenas cruzaron algunas breves palabras.

Algún beso efusivo e intenso anticipó lo que les depararía esa tarde.

Cuando llegaron al lugar indicado no se anduvieron con demasiados preámbulos.

Beso contra beso, boca contra boca, fue una catarata de sexo y pasión. Todo fue intenso y carnal. Hubo alguna que otra risa perdida entre palabras leves, minimalistas, casi indicativas, por momentos imperativas.

Los cuerpos hablaron lo que las palabras callaban.

Tanto silencio aumentaba la extrañeza de los amantes. Pero no alcanzaba a ser de aquellos que revelan la magia del encuentro pleno.

Aunque ellos se mostraban cariñosos, el cariño parecía haber faltado a esa cita.

El éxtasis fue intenso. Acorde con el salvajismo del juego previo.

Después se abrió un nuevo silencio que pareció durar varias horas.

Hasta que finalmente comenzaron a hablar.

Intentaron contarse quienes eran en pocos minutos. Pero ninguno de ambos relatos pareció prosperar.

La hora de partir fue simplemente llegando.

Se marcharon juntos y se despidieron en el punto de partida.

Prometieron volver a verse. Parecían sinceros.

El sexo sin nada fue ese lugar donde se encontraron plenamente.

Sería un error concluir que el encuentro fue sólo físico.

Tal vez debería entenderse que los cuerpos fueron apenas un modo que les sirvió para tocarse en el alma, el único lugar donde dos personas pueden realmente encontrarse.

Aunque sean dos extraños.

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