Casi toda la noche la pasó en vela. La diarrea habías comenzado desde la 1 hasta las 5 am. No fue tan profusa como aquella que fue atendida cuando Mónica le acompañaba y, a pesar de no haberse hecho los exámenes del caso, los resultados de las heces los sabrá a las 4 pm de la tarde de hoy. Ayer, ates de irse con los suyos, Joy le hizo una sopita simple. Ellos deseaban que la comiera antes de su partida hacia Caracas, pero Antonio quiso evitarse inconvenientes para el viaje. Pidió comprarse un jugo de guayaba para nutrirse un poco y detener cualquier deseo de ir al baño.

Para ser exacto el problema, al parecer, se debió a que comió maní, tomó helado de coco, luego de tisana y, antes de la tarde, pidió una empanada que acompañó con una guasacaca que no le supo muy bien. Se encomendó a Dios, pero el daño ya estaba hecho y no quiso despedirse del trozo que dejaba tras el primer mordisco. Su casa, pese a su deseo, no reúne el mínimo de condiciones para alimentarlo o alojarlo, pero es el sitio donde descansa cada vez que vuelve a su lugar.

Ese domingo se disponía a ir a iglesia bautista para un estudio de la falsa doctrina de los neo-apostólicos. Su cita era a las 10 am y deseaba llevar a Joy consigo para instruirla en el camino pero, como Dios lo sabe, sus planes fueron cambiados al sentir ese raro hormigueo en su cabeza, esa sensación de ver unas manchas -como estrellitas- al momento de cerrar sus ojos, junto con la sensación de mareo que confesó a una de sus vecinas, al tiempo que se hizo un espacio en la banca para sentarse y conversar en relación a los accidentes fatales con los helicópteros rusos.

-Yo hice el servicio militar en Colombia y, la mayoría de las armas que tuvimos, eran alemanas o rusas, porque allí no sabemos fabricar armas buenas. –Dijo Jaime, el colombiano.

-¡Bah! No se trata de eso, aquí también hay fábricas clandestinas que, a veces, descubren o destruyen.

-¡Cierto! –añadió el papá de Edgar- Hace poco sacaron a la luz un arsenal que tenían en una fábrica casera. Quizá no sean buenas o sofisticadas, pero cualquiera de esas balas mata.

-¿Pero cuántos helicópteros se han caído en Irak? –recriminó Jaime, alegando la “accidentalidad” de los gringos.

-¡Coño, vale! Eso es casi una situación de guerra y, si a mí me disparan, no creo que pueda volar muy alto. Si alguno me ataca con misiles no puedo defenderme sin alguna falla mecánica, pero los helicópteros rusos se están cayendo en Venezuela no por ataques de guerra, sino que estamos comprando tecnología de segunda, que eso es lo que nos venden los rusos, y seguirá así hasta que Dios lo permita. –remilgó Antonio, quien intentaba darle un sorbo a su seven-up.

No preciso cuánto tiempo estuvo Antonio consciente, luego que refiriera algunas palabras sobre el riguroso mantenimiento que se hacen a las aeronaves antes de dejarlas volar. Lo que sí pude notar, con difusa claridad, es que estaba dormido, viendo una gran claridad, y a la distancia pudo apreciar las voces de una de sus interlocutoras que le llamaba por su nombre, diciéndole cosas.

-¡Antonio, Antonio! ¿Qué te pasó? –le dijo asustada y temblorosa.

-¿Qué me pasó de qué? –Mirando a sus pies, todavía dormido, observando que la botella de su refresco se le había caído de las manos.

-¡Te me viniste encima y me vomitaste! –Insistió, tratando de incorporarlo.

-¿Te vomité? ¡Yo no recuerdo nada! Sólo sé que te escuchaba a lo lejos, como si estuviera dormido… Dame espacio para acostarme… ¿Cómo que te vomité? –Confundido y turbado.

-¡No te preocupes! No fue mucho y me limpié… Será mejor que descanses ¡Ya viene Tina!

-¿Para qué? –sin entender todo bien claro- ¡Disculpa Jaime! Tendré que montar mis pies en tu banco recién pintado, me siento mareado.

Se recostó a lo largo, tan bien como pudo, pero los cometarios de quienes lo acompañaban -¡aún asustados!- no cesaban de llegar a sus oídos, y le hicieron comprender.

-¿Cuánto tiempo estuve así?

-¡Dos segundos!

Interiormente no creía que hubiera sido tan poco tiempo. Esa clara luz y esa extraña sensación de paz se parecía a lo que habían descrito esas personas que habían tenido una experiencia cercana a la muerte (NDE).

-¡Quizá fue más! Yo lo vi que volteó los ojos y se le veía lo blanco. ¡Estaba ido! –acotó el papa de Edgar Galindo.

Antonio, revisando la información que escuchaba y la aprensión que todos tenían, oyó llegar a Isabel y abrió los ojos.

-¿Qué te pasó?

-¡No lo sé! Lo único que recuerdo es haber estado profundamente dormido.

-¿Te vas a ir con él al hospital Tina? Eso fue una baja de tensión y deben revisarlo –indicó la vomitada.

-¡No puedo! ¡Tengo a los niños solos en el negocio!

-¡Pero llévenlo al dispensario! Allí le pondrán algo y luego lo bajan al pueblo.

De inmediato notó el temor de quienes lo rodeaban. No sabía qué le había pasado ni cuán fea haya sido la experiencia para quienes estuvieron cerca, pero ya se le había ido aquel mareo y no estaba bien que involucrara a su ex esposa, complicando los asuntos de su trabajo.

-¡Súbete, Antonio! –sugirió Osmey- Te llevo en la ambulancia y allá veremos.

Caminó con cuidado. Nadie se lo llevó a cuestas ni asistido por un brazo y, aunque alguien se le hubiere ofrecido, no se hubiera negado por orgullo ni por nada. Cualquier cosa que sea lo que haya pasado, debió haber sido horrible para quienes lo vieron desplomarse en una banca, vomitando y sin conocimiento.

-¡Párate Osmey! Yo me voy con ustedes hasta el dispensario, mientras das la vuelta.

Todo el viaje en ambulancia fue de menos de 5 minutos. A la sazón, Antonio se mantuvo en la camilla con los ojos cerrados y le pareció, más bien, un trecho bastante accidentado.

-¡Baja con calma! Aquí te harán una revisadita

-Ni que me obliguen bajaría corriendo ¡Ja! ¡Ja! No sé qué me haya pasado, pero –en ninguna manera- me complicaré las cosas.

La enfermera limpiaba con un paño aquel escritorio. La tranquilidad de ésta le causó cierto desconcierto, pero estaba decidido a controlarse y esperar.

-¡Está pálido! ¿Qué le pasó a este?

-Se le bajó la tensión.

En ese momento comenzó a sudar profusamente. Jamás le vi sudar de ese modo tan copioso, como si estuviese en Santiago de Tolú sin un ventilador a la mano.

-¿Puedo recostarme en alguna parte? –hizo la pregunta a cualquiera que desease ayudarle con una respuesta.

-¡Pase al consultorio! Allí podrá hacerlo en la camilla.

Antonio mismo estaba sorprendido. La cantidad que transpiraba le empapaba la mano en el rostro, sin contar la que se le adhería a la ropa.

-¡Quédate tranquilo! Ya te van a atender.

-¡Discúlpame este susto! –le refirió a quien le acompañara, en su desmayo.

-¡Tranquilo! Deja que te limpie un poco, para que no te sientas mal.

-Lo único malo que huelo no soy yo, sino un cierto olor a baño sucio…

-¿Será que te hiciste en tus pantalones?

-¡Ja! ¡Ja! No lo creo. De ser así me habría dado cuenta, pero la mierda es de otros.

En efecto, una tremenda sensibilidad a los olores se le había despertado. Mientras tenía sus ojos cerrados, la mayor parte de su tiempo en el dispensario, Joshua se le acercó saludándolo y, antes de que lo tocara por el hombro, ya había percibido el olor a tabaco.

-¡Coño, papi! ¡Sigues fumando! Ese olor a cigarros está contigo.

-¡Acabo de despertar! Joy me asustó con la noticia de que te había pasado algo.

-Entonces te acostaste fumando y tienes eso olor desagradable en tu brazo… ¡Discúlpame! Si quieres te sientas por allí y conversamos, mientras me recupero.

-¿Qué fue lo que te pasó?

Padre e hijo mantuvieron una larga conversación, antes de terminarla, desde afuera, pudo sentir que venía más gente a preguntar por su estado de salud.

-¡Perro! ¡estos huelen a humo de motos!

-¿Cómo sigues Antonio? –preguntó Pedrote.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Bien! Todavía no van a tomar chocolate de mi parte.

-Es bueno saberte de ánimo, Antonio.

-¿Y qué fue lo que te pasó? –inquirió Edgar Galindo

-¡Me desmayé! Estoy desde esta madrugada con diarrea.

Al instante, levantándose un poco y descubriendo su rostro, buscó con la mirada a Joshua.

-En un momento como éste, sabes cuántos y quiénes son tus amigos.

La enfermera hace rato se había hecho espacio, tomándole el brazo, por un lado de la habitación y, mientras conversaban, refería los resultados a quienes le habían acompañado.

-¡Tiene 20 /40!

-¿Y cuánto es lo normal? –preguntó Josh.

-Debe ser más alto, pues la tiene muy baja… ¿Y Ud, señor, sabe cuál es su presión arterial normal? ¿Se la ha tomado recientemente?

-¡No! Nunca me había dado nada como esto… Debo tenerla entre 60-80 y 100-120 ¡No lo sé!

La gente no cesaba de hacer sus tristes comentarios y tratándose de la salud de otros -que no resistieron- Antonio ya no pudo controlarse y les dijo:

-Entiendo que estén preocupados, pero lo que ustedes dicen –sin querer- más bien me deprime y, en el peor de los casos, bajarán más mi presión arterial... Si dejan de hablar de otros que murieron, otros pacientes, podré descansar, porque no duermo desde las 5 am.

-¡Tranquilo, Antonio! Discúlpanos y trata de dormir un poco.

Los visitantes salieron de la habitación, pero Joshua se quedó en la misma silla, tirado cómodamente frente a la camilla que recostaba a su padre.

-Esa clase de comentarios, que hacen sueltamente sin saber, deprimen a cualquiera, hijo… Si hubiera habido un doctor aquí -hace rato- él los habría sacado; pero esta gente es transparente.

-¡E imprudente, papá!

-Tú también, si sigues fumando. Aprende del sabio que valora la experiencia ajena ¡Sin sufrirla tú!

Al rato, Joy vino con Alexangerla y varios jugos de naranja.

-¿Cómo te sientes papá?

-¡Bien! Con ganas de dormir, pero no puedo… Desearía tomarme un jugo de guayaba o de limón para quitarme esta sensación de sed.

-¿Por qué no te tomas uno de estos?

-¡No, gracias! No voy a tomar nada sintético. La sensación de mi garganta se acabará con un cítrico natural o con guayaba. Para pararme la cagantina.

-¡Ya viene mi abuela!

-¿Quién llamó a mi mamá y qué le dijeron?

-Mi mamá le contó lo que te había pasado.

-¡Vaya! Mi mamá ya estará preocupada… Si hubiera cobertura telefónica, desde acá, la llamaría para que no venga. Desearía me hubieran consultado antes de decirle nada.

En cosa de un momento, sin saberse solo o acompañado, Antonio prorrumpió en una clase de lloro entrecortado, un par de veces.

-¡Qué te pasa, papá? –preguntó Joshua, quien seguía sentado en una silla, a un par de metros.

Antonio, con el rostro cubierto con un paño y de ojos cerrados, le hacía señas hacia el techo.

-¿Qué quieres que vea allá arriba y por qué lloras?

-¡Hablo con Dios! Eso es todo –mientras Josh se había levantado y extendido una de sus manos sobre el brazo adolorido por el suero intravenoso- ¡Levántamelo un poco! Siento que me arde.

-Cuando estuve en el hospital, con aquella rodilla accidentada, sentía lo mismo. Creo que es por el líquido, no se nota nada raro.

La bolsa de suero estaba menos llena y la sensación en su brazo ya le preocupaba. Esa clase de dolor se confunde con una infiltración de líquidos fuera de la vena y largo ya que deseaba su hermano hubiera estado cerca para que la aguja se la hubiera inyectado él y no otra persona que no fuera de su confianza clínica.

-¡Ah, mira! –observó Joy- Mi mamá te preparó una cama para que duermas con nosotros en el piso de arriba.

-¿Dónde, hija? –quitándose el paño de  la cara, el cual se había puesto para evitar la molestia de una mosca.

-¡En mi cuarto papá! –respondió Joshua en lugar de Joy, quien vino con la noticia y se había retirado a otro lugar.

Lo que menos pudo imaginar Antonio, en ese momento, es que pasase una noche con sus hijos, a causa de ese incidente de salud. Volver a esa casa, luego de tantos años, sería una novedad de imprecisas consecuencias ¿Volver a dormir bajo el techo de la mujer que lo había desechado?

Al salir del dispensario llovía. Josh estuvo siempre cerca tratando de afirmar el paso de su padre y Antonio se sentía muy a gusto teniendo a su muchacho y a Joy cerca, incluso a esa niña –Alexangerla- que aprecia como si fuera hija suya.

-¿Vas a dormir con nosotros, verdad?

-Aunque me gustaría volveré ahora mismo a mi casa, esta noche dormiré con ustedes. Puede ser divertido.

Había pocos clientes en el negocio de Tina. Algunos miraban, pero Antonio no quiso dar atención a quienes desde hace mucho dejó de estimar como amigos.

-¿Te sientes mejor?

-¡Sí, gracias!

-¡Papá! Te preparamos un espacio para que duermas con nosotros aquí abajo.

-¡Ah, okey! Pero ¿puedo pasar a recostarme un rato? No he podido descansar ni dormir.

-¡Adelante!

Joy se había propuesto cocinar algo para su padre, en tanto le daba instrucciones y le ayudaba a sentirse a gusto para su estadía indeterminada. El ruido no le era molesto y la música de fondo era un tema cristiano, así que no le sería difícil descansar, si se lo proponía.

-¡Pon el colchón allí, papá! –le indicó, entregándole la lencería cerca de la ventana- En un rato te tomas la sopita que te haré.

Antonio miró y el acostarse en una colchoneta en el piso, cerca de la ventana con los cristales cerca de su rostro, no era algo que considerase muy seguro; sin embargo, accedió a favor de esas atenciones que sus hijos le procuraban, para no hacerlos sentir un desdeño.

-¡Gracias, pequeña! Trataré de dormir un poco.

-¡Ya mi abuela viene cerca! Dicen que están por llegar.

-¡Vaya! Entonces esta ansiedad no me permitirá descansar con holgura.

-Reposa un poco. Cuando lleguen, de cualquier modo, te enterarás.

Tan pronto salió Joy, pudo recostarse un poco; pero cubriéndose la cara. La sensación de que alguien rompiera uno de los cristales lo perturbaba, así como un par de moscas que se notaban en el cuarto; aunque al encender el ventilador logró alejarlas para no perturbarse  un descanso a medias.

-¿Cómo te sientes, papá? –preguntó Alexangerla.

-¡Mejor! ¿Te quieres acostar un rato conmigo?

-¡Sí! –confirmando la rápida respuesta apoyando sus 13 kilos a un lado.

-¿Vas a dormir, papá?

-¡Sí! En caso que me dejen y pueda.

-¡Ah! Entonces yo me iré a bañar.

-¡Okey! Pero te pones las cholitas, para que no resbales en el baño.

Era difícil conciliar el descanso que necesitaba. Al momento que la niña fue al baño, Joy volvía para ver cómo le iba a su padre y la bebé se le ocurrió salir desnuda y, oportunamente, su hermana estaba allí para colaborar en ese imprevisto.

-¡No la dejes salir así! Afuera hay hombres Joy.

-¿Qué le pasó a Usted? –preguntó las ex suegra.

-¡El pueblo ya lo sabe, Amada! –esquivándole la vista y volviéndose contra la pared- sólo necesito dormir un poco. Eso es todo y estaré bien pronto.

Al poco rato, sin poder dormir, escuchó las voces de su hermana y de otros, que parecían haber llegado.

-¡Hola! Y ¿Dónde lo tienen?

-En ese cuarto… ¡Papá! ¡Llegó mi tía! ¡Abre!

Hubo de pararse de la cama. Alexangerla estaba aún ocupada tratando de saber qué ropa iba a ponerse y no podía comprender lo conveniente de volverse y de abrir aquella pesada puerta de metal.

-¡Hola, Nené!

-No preguntes nada, chica, que aún no muero. Sólo fue un desmayo; pero parece que fue algo feo. Sólo sentí que dormía y eso es lo que yo recuerdo.

-¡Bien! Y ¿estás listo para irnos?

-La verdad no planeaba nada, sino descansar; pero en virtud de las circunstancias –que han venido de tan lejos- mejor será que no me oponga.

Se levantó de un todo e incorporándose, se puso a hablar afuera con la pareja de su hermana; pero, debido al desagradable humo de un auto estacionado con mala carburación, a un lado de la puerta del negocio de Tina, se sentó en un lugar menos molesto hasta que los visitantes se despidieron.

-Ahora que lo recuerdo, déjame contarte algo: Anoche soñé que me había comprado una casa nueva y eras tú la persona que había llamado para que me ayudaras con los detalles. Lo particular del asunto es que había muchas serpientes y sólo una –de las tantas- te fue muy difícil para que la mataras. El machete que tenías ¡No sé porqué! No te era de utilidad para matar a esa última. Lo cierto, después de todo, es que saliste del problema usando la llave roja de plomero que tiene mi mamá en su casa. ¿Significa eso algo para ti?

-¡Creo que sí! Ambos luchamos contra culebras… y, ciertamente, comprarás esa casa. Sólo falta que yo identifique cuál es esa serpiente en particular.

En algún lugar de la calle hubo un alto por un semáforo y había una vendedora de loterías. Alex sacó su monedero e hizo una compra inmediata.

-Un día de esos -¡Dios lo sabe!- Comprarás el número indicado y sacaremos las serpientes.

Ya en Caracas, Antonio pidió le compraran un jugo de guayaba en Misia Jacinta y les dio el dinero. Su idea era interrumpirles lo menos posible y que el niño y el resto de la familia compraran lo que desearan sin que él fuera una carga.

-Luego de aquí pueden seguir al Mc Donald o donde sea. Yo no puedo comer nada sintético hasta saber qué me pasa.

-¡Ya vuelvo! ¿Dejo el auto encendido?

-Si el loco que tienes por marido no intenta secuestrarnos… ¡Bien puedes!

Al volver Alex con el jugo al auto se sentó con evidente dificultad, devolviendo el dinero del cambio a quien se bebía el líquido con los ojos.

-¡Mamá! ¿Y qué fue lo que le dijiste a la vieja esa, que me cae super mal?

-¡No joda! -espetó Flor- Hizo un mal comentario de que lo sucedido a Antonio se debía a que, seguramente, se estaba masturbando sin comer, a lo que le grité: “Que se masturbe”, pero ya tenía ganas de zumbarle un coñazo.

-En lo que te noté alterada, terminé de comprarle los quesos a Isabel para venirme al auto y largarme.

-Si hubiera estado Mónica aquí hoy, me parece, nada de esto hubiera pasado. La última vez que tuve una amibiasis, y me dio una diarrea, ella puso sus manos cuando sentí un breve desmayo mientras me iba cagando; pero fueron unos tres días que anduve así.

-¡Qué bolas! –bromeó Alex- Menos mal esta vaina no te dio solo allá arriba.

-¡Sí! Y puede que mi mamá te quiera mucho –acotó Alain- pero no te aguantaríamos con ese olorcito…

-¿No te vienes cagando? ¿Verdad? –bromeaba Alex- pues, en la maleta traigo varios potes de agua para lavar el asiento.

-Será el hijo tuyo… –replicó Antonio por defensa- ¡Ja! ¡Ja!

-y en eso no pueden negar que son familia… El pobre se sentía tan mal aquella vez, cuando se hizo pupú en la clínica, que las enfermeras tuvieron que rociar perfumadores de ambiente para tratar de disimular el mal olor de su diarrea. La amibiasis, si es que la tienes, es una cuestión muy fétida.

Cerca de la noche no había llegado la electricidad a Palo Verde, así que Alex y los suyos tuvieron que subir 16 pisos hasta su apartamento. Antonio, por su parte, había tomado la sopa que le hizo su hija, en tanto que su madre se la había mejorado y completado en Petare.

-Me siento raro con estas llamadas telefónicas… Sólo quiero descansar un poco.

-¡Pero acuéstate mijito! Ya comiste y no debes tragar nada más para que salga bien el examen de mañana.

-¡Sólo me haré el examen de heces! Y no quiero salir “raspado”…

-¿y por qué no el de sangre? –inquirió la madre, insistente.

-¡No traje dinero! Y no voy a quedarme sin pasaje. Si hubiera estado en mi casa hubiera traído mis cosas y lo que me falta… ¡Lo haré en la semana! Así sabré qué es lo que tengo, en definitiva.

-¿No pensarás irte mañana mismo?

-La verdad, eso deseo.

-¡Coño, muchacho! Tienes que quedarte para comer un poco ¡pareces un faquir!

Al rato, sonó el teléfono. Esta vez era la abuela Isabel, quien llamaba para enterarse de los detalles.

-¡Bendición! ¿Usted está en su casa, abajo?

-¡Sí, mijo! Y ¿Cómo te sientes?

-¡Bien! Pero bajo mañana y hablamos… ¡Ore por mí! Y deme la bendición.

-¡Dios te bendiga! Y que te componga.

A la mañana siguiente, cerca de las 9 am, recogió una muestra pastosa y verduzca de heces. La madre lo había dejado temprano y, por no tener sus llaves, hubo de esperar para que Alain subiera a desayunar y le abriera las rejas de la casa.

-¿Te sientes mejor?

-En un rato vuelvo, Alain. Entregaré las muestras al laboratorio y me regreso. Estoy sin llaves; así que no te marches dejándome afuera.

-¿Y el examen de sangre?

-¡Será luego! No traje dinero y no quiero quedarme sin dinero para volverme a mi casa.

-¡No se te ocurra irte tan pronto! Déjame arreglar algo para mañana y yo mismo te saco las muestras de sangre para que te hagan un perfil 20 y sepamos qué es lo que tienes.

Petare apestaba, más de lo usual. Hay una huelga de los trabajadores del aseo municipal y la asquerosidad abunda con la suma de los buhoneros y los drogadictos callejeros en sus andanzas. Al volver a casa de su madre revisó su teléfono, el cual había dejado.

-          “¿Cómo amaneciste, chamo? ¿Ya estás bien? Jo$hu@  Sept 6, 2010 10:43 am”

Antes de dormirse escribió un mensaje para el móvil de Joshua.

-          “El Espíritu de Dios me los cuide y guíe eternamente. Los amo con todo lo que me quede de vida. ¡Busquen de Jesucristo!”.

 

A la mañana siguiente, al encender su celular,  recibió un mensaje de entrada.

-          “¡Papi, gracias x tus palabras! Deseamos que te mejores. Es Joy.”

Alain ya estaba a la puerta para tomarle las muestras de sangre, así que apagó su PC y se tendió en la cama para hallarse en reposo, para no alterar más su corazón.

-¿Por qué no te sientas?

-Prefiero acostarme, para no ver la sangre.

-Echa la mano lo más bajo que puedas y bombea con el puño. No tengo una liga para apretártelo.

-¿No tienes por allí un cordel o algo? Tal vez convenga que me aprietes el brazo con la correa.

Alain, salido del cuarto, trajo consigo un viejo calcetín y lo empleó apretando el bíceps y tríceps, a modo de torniquete.

-Iba a convertirte en una carnicería.

-Me hice el pendejo, pero sentí tres leves pinchazos. Si hubieras tenido todas las herramientas nada de eso habría pasado… Arriba, en el escaparate, tengo un frasco de alcohol.

-Ya unté esta servilleta con perfume. El resultado será el mismo –indicó Alain.

-¡No lo creo! La asepsia sería mayor con mi alcohol, pero hederé más perfumado –haciendo una broma por remilgo.

-¡No te debes ir! Tú mismo irás mañana a buscar los resultados.

-¡Verga! Me tienen preso.

-Yo no voy a ir por ti; así que ya sabes lo que debes hacer.

-¿Qué puedo hacer? Todo apunta a que sea responsable por mi estado.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: