Están de campaña nuestros políticos. Esos que tantos dolores de cabeza han levantado a los ciudadanos, y, sin embargo, ni siquiera han tenido el detalle de repartir Ibuprofeno para todos. Porque si estás fuera del sistema por ser parado de larga duración, inmigrante, o un "vaya usted a saber" tendrás que pasar por caja; aunque no te lo puedas permitir.

Mientras nos venden no la moto, sino el concesionario entero.

Esta campaña es para los prevaricadores, los que dijeron digo y dicen Diego. Para los que abrieron puertas a los fondos buitre, los de las mordidas, a los que le tocó la lotería, los gúrtelianos, los púnicos. Para los que el país les roba en Suiza, los que miraron para otro lado, los que sabían y callaron, los de guante blanco, los que hicieron posible que el patrimonio público pase a particulares. Los que han convertido el deshaucio en un derecho social y el trabajo precario, en bendición. Los que hicieron los cursos de formación en las Bahamas, los investigados versus imputados, los que externalizan versus privatizan. Los que se han quemado las manos y no recuerdan. Los que no dan tratamiento a los enfermos. Para financieros deshonestos. Los de los sobres. Para los que espían.

Valoran la mentira como talento y se han lanzado, sí, y sin paracaidas, a despedazarse los unos a los otros, sin piedad... a su estilo, con todos los medios a su alcance. Todo vale, aunque sea falso. Viven en pie de guerra constante con la esperanza de que los posibles votantes se rindan a su capacidad de seducción.

Confían en que la memoria falle y que la falta de criterio consiga que el votante se apoye en el suyo.

Como suele suceder se han invertido los polos y han perdido la memoria, el criterio y, con ellos, todo principio. Y, los pacientes ciudadanos, asisten a la impúdica campaña en la que se retuerce todo argumento y degrada a la política a un contubernio de intereses creados, en los que el incauto es un ciudadano de a pie que, impávido, es objeto de manipulación de medios de comunicación que, salvo algunas excepciones, se alinean con sus correligionarios. A saber por qué, o, tal vez, sí lo sabemos.

Una campaña en la que un proyecto distópico intenta abrirse camino y estimula al consumo que, a la vez, convierte en inaccesible, hace de la enfermedad una molestia para las arcas; la dependencia una lacra, la ancianidad un desperdicio, y de los ardides un modo de vida.

La mentira no es talento, sino incapacidad. Y lo sabemos.  Un proyecto de sociedad en la que las necesidades básicas se convierten en bienes especulativos se está condenando al fracaso a sí misma. 

 

 

 

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