La naturaleza no deja de castigarnos. Se ceba en la pobreza, aniquilando lo poco que posee el que no tiene nada, como en Haití. Desvela especulaciones urbanísticas, destruyendo con su fuerza todo lo invasivo que el hombre en su codicia construye, como en Madeira. Una Naturaleza brutal y sanguinaria que elimina al ser humano, acabando con su vida. No obstante, creo que el ser humano es energía pura. De tal forma, el alma de los que no están, transmite su fuerza a los que quedamos, y el poder que genera se transforma en distintos conceptos, vitales para nosotros. En algunos, se torna solidaridad, entrega y compromiso, despierta sentimientos dormidos y nos hace actuar. En otros, estos buenos principios son tan activos de por sí, que cuando el desastre impera adquieren el grado máximo de su fuerza, y se vuelcan con aquellos que han visto mutilado su futuro. Este dinamismo es de la raza humana, propio de hombres y mujeres que se rebelan ante la desolación, sin importarles el origen de la misma.

¿Castigo de Dios? Para mí, me es difícil imaginar un Dios capaz de castigarnos con la aniquilación y la destrucción total. Pienso que si existe alguna divinidad que las incluya en su dogma, ésta  y aquellos que compartan su filosofía deberían desaparecer de entre nosotros, anulados por un pequeña parte de la energía que se libera en cada desastre.

Opino que siempre tenemos que tener fe en algo intangible, por que la realidad es tan oscura que buscamos un camino, ilógico e irracional, que nos ayude a comprender mejor el qué y el por qué de lo que sentimos y hacemos. Va en la condición del ser humano asirse a un ser superior y obedecerle incluso hasta morir. Tener fe en un Ser Supremo. Pero considero que este Ser Supremo no tiene que ser malvado y sanguinario; no debe exigir sacrificios humanos ni muerte para nutrirse. Dioses así no interesan, son nocivos para la Humanidad. La imagen del Dios bueno y misericordioso, el comprensivo  amable y bondadoso es común en varias de las confesiones religiosas. Y, para mi forma de entender las cosas, éste es el que hay que imitar, el que tenemos que rescatar de nuestros corazones y colocar en lo más alto.

Así, tal como yo lo veo, en este tipo de deidad es en la que se fijan otros dioses menores. Dioses de carne y hueso, que ríen y lloran como nosotros, y comparten alegrías y penas a nuestro lado. Cada día los vemos, trabajando sin descanso para y por los demás, en los lugares donde su socorro es indispensable. Son los que menos salen en las fotos , y su valor está en el empuje, coraje, ánimo, entereza y carácter que imprimen en cada uno de los gestos y acciones que realizan. Saben absorber  la energía liberada en una catástrofe, para transformarla en resolución y vida. Se integran en ONGs, asociaciones humanitarias, religiosas o, simplemente, van por libre allá donde creen ser necesarios. No esperan recompensa, constituyendo la muestra palpable de que el ser humano sabe ser bueno, solidario y fraternal. Son personas de un tipo muy especial que comunican la esperanza y la convicción de que podemos mejorar el mundo.

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