Dios, el Señor  esta siempre conmigo, día a día, me siento seguro y provisto de lo mejor para enfrentar cualquier tormenta o situación crítica, SEÑOR y Dios mío. Hoy y siempre me amparo en tu presencia para sortear dignamente los contratiempos de la vida. Contigo siempre es posible superar la adversidad.

Las tormentas pasan por nuestra vida, día a día, momento a momento, nos quitan la tranquilidad, la paz, la confianza, sin embargo Las tormentas de la vida vienen y se van, como las ráfagas de viento que presagian lluvia en los tiempos de verano, sin embargo, lo que anteceden, son tardes esplendorosas y refrescantes. Esa frase tan poética quizá te resulte chocante si sobre tu cabeza está cayendo una tormenta fuerte y no tienes un lugar para guarecerte. A pesar de eso, debes aprender a aquilatar cada tormenta familiar, financiera, matrimonial o laboral que se desencadene sobre ti teniendo esperanza de que, no importa el tiempo que tarde esa tormenta y muchas otras más, pasarán y darán paso a otras tormentas. Pero todo pasa, porque el SEÑOR, esta SIEMPRE. 

Tu viaje espiritual quizá no haya sido tan placentero como lo esperabas, pero por lo menos te has acostumbrado a mirar con esperanza el futuro que te espera. Señor, Gracias por estar siempre...

Antes de la celebración de uno de los más importantes momentos de la historia de la salvación, que es la Navidad, contamos con el tiempo del Adviento que nos va preparando para la Venida de CRISTO, esa que esperamos hacia el futuro con ansia y que cuando regrese Él con todo su poder y gloria y transforme este mundo según su amor y bondad.

Todos necesitamos “algo”; ninguno de nosotros es un ser pleno que no necesite algo. Entonces hay dos actitudes, puedo andar “dormido”, o “despistado” y entonces eso que necesito puede que nunca lo encuentre; o puedo estar “atento” o “velando”, y entonces esa búsqueda es más probable de sea satisfecha.

¿Qué es lo que buscamos todos los seres humanos? Entre muchas cosas, una de las más importantes que buscamos es “sentido” para la vida. ¿Qué le da sentido a mi vida? Eso lo descubrimos sobre todo en los momentos límite: muerte, dolor, angustia, miedo, frustración… Y el sentido de la vida, está muy relacionado con nuestra perspectiva de futuro. Yo puedo atravesar con paz la muerte, si se que hay algo más allá de esta vida, puedo atravesar el sufrimiento si se que algún día se va a acabar; puedo enfrentar el dolor o el fracaso, si se que no es para siempre, si descubro que hay algo más grande, mayor, más hermoso, mejor… que me espera. A esto es a lo que llamamos esperanza.

El tiempo de adviento quiere fortalecer nuestra esperanza. Quiere que aprendamos a mirar el paso de Dios en nuestra vida, a que no andemos “despistados”, sino que estemos “atentos” a descubrir a un Dios que hoy se nos revela como Padre y como Alfarero y en  aquel que nos enriquece y nos da su misma Vida.

El creyente es aquel que atento al paso de Dios por su vida, en medio de tantas inseguridades, experimenta la seguridad de uno que es PADRE; es también aquel que en medio de un mundo que parece que cada día se destruye más a sí mismo, confía y espera en un DIOS que poco a poco va modelando su vida; aquel que en medio de un mundo donde todo tiene precio, sabe que las cosas más importantes no tienen valor porque provienen del Dios que nos da Vida y nos enriquece gratuitamente con su amor. Y está convencido que todo esto que va experimentando de camino, es anticipo de algo más grande y mejor que le espera.

Hay dos formas de pasar por la vida; dormidos o despistados del actuar de Dios, o atentos y en vela descubriendo su paso. Esta segunda actitud es la que fundamenta la esperanza que nos hace levantarnos con ánimo y entusiasmo todos los días, aún en medio de los más grandes dolores porque sabemos como dice el profeta, que “pronto, muy pronto el desierto florecerá”, porque Dios, el Señor esta siempre conmigo. 

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