Entre todas las resultantes del pico de la crisis económica que se vivió a fines de 2008 (y cuyas consecuencias se continúan evidenciando en todo el mundo), la más inentendible para quienes sueñan por estar en esa condición, es el elevado número de suicidios de millonarios e inversionistas. Al igual que en la famosa crisis de 1929, cuando  gente de importante fortuna y con estilos de vida lujosos, se tiraba por las ventanas de los rascacielos, se descerrajaban un tiro o se ahorcaban en sus despachos. El mismo fenómeno se repite ahora, 80 años después. Las noticias sorprenden:

“Se suicidó el magnate alemán Adolf Merckle. La difícil situación económica de sus empresas, ocasionada por la crisis financiera, y la incertidumbre unida a ella en las últimas semanas, así como la impotencia de no poder actuar, han derrumbado al apasionado empresario familiar y ha acabado con su vida”. Merckle era el mayor propietario de la constructora Heidelberg Cement, del productor de medicamentos genéricos Ratiopharm y de la farmacéutica phoenix. La revista estadounidense “Forbes” calificó a Merckle del quinto hombre más rico de Alemania, con un patrimonio de cerca de 7.000 millones de euros.”

“El trader Darren Liddle, estrella del Banco Credit Suisse, se suicidó debido a la crisis económica. A pesar de ser un talentoso matemático y ante el desalentador panorama, el 1º de septiembre, en medio de una caída generalizada de las Bolsas en todo el mundo, se fue a un hotel, se cortó las venas y saltó al vacío.”

” Thierry de la Villehuchet, conocido inversor francés, se suicidó en Nueva York. Este hombre perdió 1.400 millones de dólares por inversiones con la firma Madoff Securities. Madoff es famoso en el mundo por haber estafado con el sistema piramidal a miles de inversores por un monto aproximado de 50 mil millones de dólares.”

Buscando una respuesta acorde al interrogante sobre los reales motivos que pudieran haber impulsado estas acciones suicidas, estimo que la causa radica en confundir lo que uno tiene (en referencia a bienes materiales) con lo que uno es

Ser y Tener no son lo mismo; debemos diferenciar los conceptos y sobre todo no atribuirle los mismos juicios de valor a esas dos situaciones de base radicalmente diferente. Saber que lo que podemos tener y que en ocasiones llegamos a atesorar como el firme sustento de nuestra seguridad, estabilidad y disfrute es paradójicamente, inseguro, inestable e infiel. Puede desaparecer en mucho menos tiempo del que nos llevó procurarlo y si en ello ponemos nuestra valoración personal es un camino de ida y en declive el que nos lleva a formular la ecuación de que si no lo tengo entonces no poseo ningún valor y por ende a concluir que, si yo no valgo nada, mi vida entonces carece de todo sentido. 

Este razonamiento, alimentado por el consumismo exacerbado, que me impele a comprar para “mostrar lo que tengo” y por ende “lo que soy” y sobre todo fundamentado en la crisis actual de valores donde las cualidades antaño merituadas como el honor, la rectitud, la sinceridad, el coraje, la dedicación, la disciplina, etc. han dejado de ser guías del comportamiento individual o social y dejadas de lado como índice o medida de valoración de una persona para ser suplantadas por el ensalzamiento del dinero en sí mismo, el “Quantum” del poder económico y el mayor “status”, conlleva la carga accesoria de procurar “mi valor” consiguiendo aquello que, sé, debo poseer para ser estimado.

Esto conduce a la competencia atroz entre los seres humanos que se evidencia mayormente en el trabajo pero que puede invadir todos los ámbitos de la vida. En la pobreza, mientras no tenemos nada, nos unimos, nos ayudamos, nos compenetramos, nos confundimos con el otro, luchamos juntos por nuestros derechos, nos sentimos iguales; pero en cuanto hicimos un tanto de dinero ya nos diferenciamos, ya nos distinguimos de los demás. En la riqueza nadie quiere ser igual al otro, queremos ser diferentes,  queremos “parecer” mejores, queremos ser más, y lo curioso es que el que tiene más realmente cree ser mejor que el menos afortunado y mas incomprensible aún es que el que menos tiene cree asimismo que, por ello, menos vale. Entonces para quien puso todo su “ser” en lo que pudo obtener y siente que la sombra de la pobreza lo acecha, la sola idea de caer, de descender, de sentirse menos es terriblemente insoportable; se ha “valorado” demasiado para tener que dejar de “ser” y así su desvalorizada y torturada alma, se convierte en su verdugo más cruel.

Es concluyente entonces que es mejor, es más saludable y vital poner nuestra valoración personal en lo que “somos”; hablando individualmente, en lo que “eres”, en el conjunto de cualidades que conforman tu “ser”: tu inteligencia, tu entereza, tu afabilidad, todas tus virtudes y también tus defectos, los puntos débiles de tu personalidad que no son más que pruebas a superar. Eso te pertenece con total seguridad, te acompañará siempre y nadie te lo podrá quitar, porque es tu esencia misma; porque es el fruto del hálito divino del que realmente “es” y que comparte contigo su preciosa esencia.

En éste concepto tenemos que trabajar y poner nuestro mejor empeño: en crear y fortalecer nuestra propia estima. Compartamos con todos esta verdad, enseñémosle a otros a descubrir su valor y así el mundo dejará de ser un enemigo, porque para quien entiende la razón de vivir la lucha es contra sí mismo pero para quien todavía camina perdido la lucha es contra los demás. No es fácil pero es simple: Tu valor está dentro tuyo, afírmate en el y tus “acciones” cotizarán muy alto.

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