Esta mañana se levantó con una canción de Javier Ibarra en la cabeza. Es verdad, primero le despertó la alarma. Música movida para despertarle de buen humor. Dio un salto de la cama hasta la alarma del escritorio, no quería despertar a nadie. Después, una canción de Javier Ibarra floreció entre sus primeros pensamientos matutinos, para escapar como una oración en la comisura de sus labios. Sus piernas seguían dormidas así que se tambaleó hasta el baño, balanceándose por los pasillos. De haber habido alguna puerta abierta, seguramente habría acabado en el suelo.

Al abrir la puerta del baño se dirigió al baño, ni si quiera se miró en el espejo. Era demasiado pronto para llevarse sustos. Al bajarse los pantalones la vio allí. Una erección gigante dando los buenos días. Si le hubiesen preguntado cómo llegar a la Meca desde allí, habría señalado hacia dos direcciones muy distintas. Pero la erección mañanera no tenía ya ninguna magia para él. En una reunión de ex-compañeros de colegio que habían realizado hacía un par de años, una de sus ex-compañeras le explicó el motivo de la erección mañanera; para quien no lo sepa:

“La erección mañanera es el resultado de la acumulación de orina en los esfínteres. Al haber una acumulación mayor que la prevista esto hinchaba la vejiga, que rozaba no sé qué puñetero punto excitándolo hasta alcanzar la envergadura que tan perturbadamente has imaginado”.

Ahora la magia ha acabado. Descubierto el truco, muere el interés y la imaginación. Cuando la gente hacía ese tipo de cosas Óscar solía deprimirse un poco. Descubrir la razón científica que disfrazaba aquel maravilloso hecho inmolaba su espontaneidad intrínseca. Maldita gente inteligente.

Entonces, una vez vaciada su vejiga se plantó ante el espejo. Como lo imaginaba, la monstruosa deformación de la creación humana. Ojos rojos e hinchados por falta de sueño. Cabello revuelto y una cara de auténtica desolación. La siguiente idea que se le vino a la cabeza fue aquel cuadro en el que sale una especie de ente gritando en un puerto. Así de improvisto, el chico del espejo emuló al famoso cuadro. Pobre reflejo de mí, pensó Óscar. Una sonrisa se dibujó en su mirada, sí, era idiota y le encantaba reírse de sí mismo.

Se desvistió. ¡Vaya por Dios! otra pelusilla enredada entre su ombligo. Ya empezaba su caída en picado hacia la madurez física. El tiempo no perdona. Al terminar de desvestirse se vio completamente desnudo. Como Dios lo había enviado a este mundo. Era verdad, no era muy sexy pero era un hombre bastante fuerte. Él se consideraba así mismo como esa clase de tíos que ganan vestidos.

Recordó al instante una conversación en broma que había tenido con una amiga. Ella le había dicho que no había nada del físico de Óscar que la incitase a acostarse con él, y muy digno, él contestó lo mismo. Era mentira, evidentemente; pero había que intentar mantener intacto un mínimo de orgullo. Desde entonces, siempre le había querido preguntar si era verdad lo que había dicho. ¿De verdad, ni un triste y cochino polvo? ¿Tan feo era? Dios no está muy de mi parte, pensó Óscar. Alrededor de las siete de la mañana de un viernes cualquiera.

Salió de la ducha y se vistió tan rápido como pudo. Hacía demasiado frío como para monear bailando o haciendo solos de guitarra imaginaria.

Se desayunó un café y unas tostadas. Nada del otro mundo. Terminó de preparar sus cosas, se echó la maleta al hombro, y salió sobre las ocho de la mañana tarareando alguna canción alegre que se le había pasado por la cabeza. Alguna estupidez friki que estudia alguien que se levanta pensando en la puñetera paz mundial.

¿Es o no es maravillosa la creación? pensó contemplando el cielo salpicado de naranjas, rosas, morados y azules en pleno amanecer. Cosas como aquellas le hacían sentirse afortunado y le devolvían un poquito la fe en Dios, Drayer Baba o el cabrón que estaba allí arriba. Y lo más importante, le devolvía su fe en la humanidad.

¿Cómo no creer en Dios cuando veía aquella preciosa chica de ojos verdes? ¿Cómo no creer cuando la historia de su especie estaba copada por cientos de escritores, poetas, músicos que se habían dedicado expresar su pasión por la vida en pequeñas laminillas de papel que habían llegado hasta el día de hoy? Aquello simplemente lo maravillaba, lo impresionaba y sentía la gran sensación de agradecimiento sincero y eterno que tiene ser y formar parte del momento en la historia que él ocupaba. Antes de abalanzarse sobre el paso de cebra, pensó que la razón de tanta estúpida felicidad era que por algún fallo de su organismo su cerebro se estaba dedicando a liberar cantidades ingentes de endorfinas, y por eso ahora estaba en tan intenso estado de amor y puñetera alegría; pero automáticamente lo descartó. ¿Por qué? En realidad, pocos mejor que él conocían al ser humano en tan amplia profundidad. Él amaba y odiaba a la vez a todo el maldito universo de la misma forma que se amaba y odiaba así mismo. En los días de profunda depresión únicamente quería whisky y escuchar Jhonny Cash, y si se podía, un polvo. De esos que echas con una sensación de tristeza y enfado en el paladar. Con apasionada ira y cuando… Pero como esto era más complicado se conformaba con liarse a puñetazos con la pared hasta que sus nudillos reventasen en sangre y dolor, o como mínimo llorar. Echarse a llorar todo el día para dejar que toda su mierda saliese mientras que una persona (a poder ser mujer) lo consolase y lo arrullase entre sus piernas. Hacía años que no lloraba, a veces escuchaba una de sus canciones favoritas y notaba un cosquilleo en los ojos; pero simplemente era un dolor que no acababa de salir.

Estuvo a punto de perder el metro; pero tuvo la suerte de entrar antes de que se cerrasen las puertas.

En días tan alegres como esos se dedicaba a inspeccionar a la gente. Veía sus rostros agotados, cansados, algunos enfadados y otros dolidos y aquello lo alegraba más. Porque si él se sentía muy jodido y decepcionado con su vida, ellos estaban al borde del suicidio. Entonces, una sonrisa atravesaba su rostro de oreja a oreja. Era increíblemente feliz en esos momentos; lo más triste de todo es que era felicidad sin ningún fundamento; pero felicidad al fin. Lo más extraño de todo es que si se profundizaba lo suficiente en ese derroche de endorfinas siempre se acababa viendo un pequeño dolor. Como un cristal diminuto incrustado en la palma de la mano.

Se giró sobre sí mismo. La música del móvil no hacía más que incrementar su alegría y sus pies empezaban a dejarse llevar, por el ritmo embriagador. Se acercó hacia la puerta del vagón y desde allí podía ver una vez más el cielo. Volvió a mirar una vez más a los zombis que lo acompañaban en el vagón. Parecían más vivos que muertos. El mundo estaba allí fuera, con su mágica espontaneidad, explotando, cambiando y reinventándose en sus infinitas formas, y sólo él podía verlo. Los compadecía a todos y cada uno de ellos. Pobres diablos infelices, se habían dejado atrapar tanto dentro de la monotonía de sus vidas que nada les resultaba realmente interesante.

El metro se detuvo en una nueva estación. En el vagón de Óscar se subió una de las chicas más increíblemente guapas que había visto en su vida; piel morena, ojos azules y vivos, y un pelo castaño que hacía juego con su abrigo y el color de su piel. Era increíble pensó. Quizás le podría hacer una rosa de papel y regalársela. Una vocecilla en su interior soltó una malévola risotada e inmediatamente volvió a reorganizar sus pensamientos.

El amor, la paz interior. Para él resultaba jodidamente increíble que la gente estuviese buscando su paz interior o la maldita iluminación cuando en realidad lo único que debían de hacer era escuchar a Bob Marley. Era fácil, ni si quiera había que indagar hasta las profundidades del alma donde tantos otros habían llegado. Simplemente había que escuchar a Bob Marley, o como dijo Jesús de Nazaret una vez: “Levantad una piedra y allí me encontraréis, cortad un tronco y allí estaré yo…”

De allí Óscar deducía que él también era Dios, y que por esa razón toda la gente se merecía ser amada. Y eso no tenía nada que ver ni con ninguna puñetera religión, era pura y llana lógica. Bob Dylan también lo dijo: “El amor es la respuesta y tú lo sabes…”. Y nadie al parecer le había escuchado.

Cuando finalmente Óscar consiguió bajar en su estación, vio por última vez a la chica de precioso rostro desapareciendo entre la multitud. Se sintió un poco apenado, pero continuó su dicotomía de la verdad sobre este puto mundo. Sonriendo, sabía que él sabía algo que muchos no sabían. El poseía la felicidad entera del mundo. De repente, absorto en la profundidad pura de sus pensamientos, sintió un gran empujón que lo arrojó al suelo y un fuerte dolor en la cabeza.

Se sentía aturdido, rápidamente se llevo la mano a la cabeza para ver si había sangre, le alivió ver que todo estaba en su sitio. Levantó la cabeza para ver quien había sido el culpable de semejante accidente y para su sorpresa una gran masa de hierro a cien kilómetros por hora embistió, arrollándolo, con el mismo sonido que hace una lata de coca-cola al ser pisada

cabaña

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