Muchas veces sueño con mi segundo divorcio. ¿Un día te irás de tu casa?, me pregunto, mirando mi cara maquillada en el espejo de mi habitación de matrimonio feliz. Podría hacerlo. Sólo necesito que mi marido cambie para mal. No aguantaría vivir con un ludópata que me arruinara mis finanzas personales o con un hombre alcohólico. De momento, mi santo esposo sólo hace un euro a la primitiva los jueves y los sábados. Tampoco le da por la bebida. Bebe agua barata que compramos en Gadis para toda la familia y ha dejado de beber su cerveza de los domingos desde que un día le sentó como un tiro y acabamos en urgencias a las dos de la madrugada. Pensó que me iba a dejar viuda. Nada de eso ocurrió. Sigue siendo mi santo.

¿Un día te irás de tu casa?, le preguntó a mi amiga Mónica. Mi amiga me mira con cara de espanto. Comprendo que no se imagina viviendo fuera del dulce hogar habitado por dos padres añosos, un tío que es noventón y otro tío que viene a verlos cuando está enfadado con su novia inglesa. Mónica cree que es feliz.

Yo también creo que soy feliz. Mi marido gana un montón de pasta trabajando para los servicios secretos de este país nuestro. Me compra regalos todos los días. Mis hijas son dos preciosidades que seguro que acaban siendo modelos y forrándose de pasta tras sus mayorías de edad. La vida es bella.

No, de momento, no pienso irme de casa, pero, tal vez, un día lo hago. Me imagino recuperando la soltería, viviendo sola en Nueva York, paseando por las calles llenas de tiendas de marcas caras, desayunando con diamantes. La vida también puede ser bella cuando me vaya de casa tras mi segundo divorcio.

un día me iré de casa

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