Madurar es entender que no siempre vamos a obtener lo que queremos. En las distintas etapas de nuestra vida vamos querer muchas cosas, ya que parece parte de nuestra naturaleza desear cosas materiales o abstractas. Puede que la mayoría de estas cosas nos traigan placer o pensemos que por lo menos lo hacen, y por eso las deseamos. Sin embargo, no vengo a hablar sobre la relación entre el querer-placer, una relación que nos ha vuelvo animales, sino más bien la conexión entre el “entender” y “madurar”, una de mejores amigos que nunca se separan. No se puedo madurar si no se entiende el mundo y las situaciones que nos rodean.

Algunos parecen pequeños pidiendo y esperando a que papá y mamá aparezcan para satisfacer nuestros gustos. He aquí el problema de los malcriados. La vida es más que pedir y que se nos sea dado; la vida es explorar nuestras mentes para encontrar respuestas, ya que no todo lo que pedimos lo necesitamos, y esto me lleva a pensar que quizás no todo lo que pedimos nos conviene.

El punto es que nos destruimos, pidiendo, pidiendo y pidiendo. Algo que me ha enseñado el estar encerrado contra mi voluntad es que no siempre voy a tener lo que quiero; no siempre voy a poder salir, no siempre voy a tener 20 años; no siempre van a estar ahí mis padres; no siempre voy a tener dinero para desperdiciar o comprar lo que se me antoje.

Hay cosas que no van a llegar, y no porque no las “merezcamos”, sino porque no son para nosotros, por tanto, si obtenemos lo que deseamos solo queda decir “gracias”, y si no llega, hay que seguir adelante. Es importante entender cuándo es el momento de soltar aquello que queremos y que nunca nos va a ser otorgado. No te hagas daño inmaduro.

He aquí a un inmaduro hablar de cómo madurar.

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