Me declaro a favor del despido libre, sin indemnización y sin derecho a paro. Pero sólo en un caso excepcional; los políticos y las rémoras que les acompañan. Porque si hay que aplicar la excepcionalidad en sus elevados e indecentes sueldos, también debería ser de aplicación dicha medida en lo relativo al cese de su vida laboral como representantes electos.

Urge una reforma que permita ahorrar grandes cantidades de dinero a las devaluadas arcas del estado (ni polvo tienen de lo vacías que están). La solución es fácil; aquel político que incumpla con el cometido para el cual fue democráticamente elegido, que no acuda a su puesto de trabajo, que con sus hechos y omisiones altere y perjudique el correcto funcionamiento del sistema, debería ser expulsado inmediatamente  y cesado en sus privilegios.

A la puñetera calle, sin indemnización, pues habían hecho más mal que bien, y sin derecho a paro, pues pocos son los que habrán trabajado para gozar del privilegio, y los que sí lo hubieran hecho, vistos los resultados, estarían mejor quebrando sus propias empresas que destrozando el país. La pena es que no acompañarían en la búsqueda de empleo a los conciudadanos que habrían hundido previamente con su desastrosa gestión. Las relaciones trabadas durante el período de mangoneo les iban a permitir retiros dorados en despachos con secretaria y suculentos salarios aderezados con escandalosas dietas por no hacer nada. Pero ya se sabe, los favores se pagan. Por eso son traperas las puñaladas por coger un sitio en las altas instituciones del país. Yo ya se lo digo a mi hijo; si te gusta el deporte y vales para ello, futbolista. Si careces de escrúpulos, no te gusta trabajar y mientes más y mejor que hablas, político. Porque ni trabajando ni estudiando llegarás lejos. No te lo iban a permitir los buitres.

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