A la pregunta: ¿Qué es verdadero? Hoy en día muchos contestan: –Nada, o todo. Para éstos ya no hay verdad absoluta. En otros tiempos se buscaba la verdad, porque se sabía que era única. Luego la gente se puso a dudar, y en lugar de hablar de «la verdad», se ha pasado a filosofar acerca de las distintas maneras de comprender y de hacer el bien. Y ahora mucha gente cree que hay un gran número de verdades opuestas las unas a las otras.

Así todo se vuelve relativo. Muchos grupos promulgan códigos de ética para definir sus reglas de conducta. En el plano individual cada uno decide acerca de su propia moral y a menudo la adapta en función de lo que le conviene.

Pero si no hay más puntos de referencia fijos, la vida pronto carecerá de significado. ¿Por qué esta pérdida de sentido? Ante todo, porque el hombre quiso tomar el lugar de Dios. El ser humano quiere decidir todo.

Sin embargo, queda una luz que aún brilla con un resplandor siempre igual: el Evangelio. En medio de la noche moral, la Biblia proclama que Dios es el primero y el último. Él es el Dios de verdad y amor, el Dios viviente que se reveló y dio a su Hijo para salvarnos. Siempre es posible volver a él y es necesario hacerlo orando a él, escuchando su Palabra y creyéndole. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”.

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