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Hace un rato apenas he recibido tu carta. Con ella se han despertado todo un cúmulo de recuerdos que durante estos siete años creía olvidados. Tantas y tantas cosas que nos vincularon en el pasado; nuestra niñez esa etapa tan rica de nuestras vidas juntos. Como retozábamos y nos divertíamos bajo la mirada complaciente de la familia y amigos, que disfrutaban tanto o más que nosotros de las diabluras, escaramuzas infantiles, compartiendo sin malicia con esa deliciosa ingenuidad de la inocencia.

Dejé de escribir; levanto el bolígrafo del papel y me tomo unos minutos para reflexionar. Una sonrisa afloró en mis labios y con la misma termino hundiéndome en los recuerdos que discurrían placenteramente por mi mente. Todos estos episodios que llevaban el sello de la candidez junto al jolgorio que se sumaba con cualquier nadería, con esa inquietud natural de la edad infantil.

Respuesta a la carta de Mía

Continúo escribiendo la misiva contentiva de la respuesta a la carta de Mía. Sé que no he sido muy consecuente con nuestra amistad, no he sido fiel ni considerado con los lazos tan cercanos que nos unían. Me he portado desastrosamente mal con una ingratitud que raya en lo estúpido, es lo menos que puedo decir. Vergüenza me da ofrecerte una disculpa, de verdad que no tengo cara siquiera para pensarlo. Deseo de todo corazón que sientas en tu alma la sinceridad y el sentimiento de las palabras que ahora te escribo. Mía querida niña, quiero que sepas que en todos estos años el recuerdo más perdurable que conservo en mi corazón eres tú.

Reflexionando

Levanto el bolígrafo de nuevo dejando de escribir. Rememoro: fuimos creciendo al unísono, cumplimos nuestra educación básica y media en el pueblo donde nacimos. Este era semirural, zona agrícola por excelencia sin embargo habían dos escuelas de educación primaria y un liceo; Para estudios superiores había que ir a la capital de la provincia, tal cual lo hice yo. Prosigo escribiendo. Voy a contarte un secreto; fui un cobarde, no tuve el valor de asumir que mis sentimientos habían cambiado. Ya; no éramos tan niños: tú a los catorce y yo a mis quince años, nuestros cuerpos habían cambiado, lo que antes era inocente ya no lo era tanto. Las emociones empezaron a manifestarse y con ellas las pasiones.

Todo ese mundo tan nuestro cambió sin apenas darnos cuenta; estábamos en plena pubertad a un paso de la adolescencia. De hecho ya no tenías apariencia de niña y ya nadie te miraba como tal, yo; incluyéndome. Me enamoré de ti como un loco en aquel momento no lo percibí así. Igual tú fuiste susceptible a esos cambios; después de ser abierta, desenfadada, pasaste a ser tímida, casi arisca, todo te sonrojaba, te volviste evasiva conmigo, como es natural lo resentí amargamente; eso nos separó, nos apartó. Ambos extrañamos esta actitud mutua. Por supuesto hasta ahora no conocía tus sentimientos.

La revelación

¡Hoy después de siete años! Me los revelas dejándome sorprendido, me dejas perdido, donde los pensamientos son un caos. Cierro los ojos; suspendo la escritura una vez más. Me mezo los cabellos, con inquietud, sintiéndome desesperado, por las ideas confusas escapadas de este escenario atípico. -Retomo la escritura, -me preguntaría ¿Que nos pasó? Y me respondo- ¡Nada extraño! Venimos de unos hogares donde las familias están imbuidas de prejuicios, formulismos y preceptos que; equivocados o no influyen en nosotros de manera marcada, no se puede esperar menos.

-Ahora sé que tú compartes los mismos sentimientos. Siete años sin vernos, tú has cambiado e igual yo; ¿Qué hacer? Propongo: hagamos una cita, es lo más conveniente; para reconocernos, redescubrirnos y comenzar de cero ¿Te suena lógico? Espero ansiosamente verte de nuevo, tu carta ha sido muy ilustrativa. Te sigo amando aún sin verte de nuevo. Te dejo la dirección, ven pronto.

-Una semana después. En horas de la tarde, tocan a mi puerta; me encontraba leyendo en una poltrona- dejo el libro –me levanto y me dirijo a la puerta- abro –En la puerta estaba parada un portento de mujer, alta, pelo rojizo, muy blanca, bien proporcionada, ojos marrones, todo el conjunto lleno de armonía, me pareció vagamente familiar. Ella me miraba de arriba abajo. Hola, dijo- si dígame –nos quedamos mirándonos de hito en hito- Miguel eres tú ¿Preguntó? ¡Ha! Se me aclaró la mente de un tirón- Mía, y le tendí mis brazos –Ella pegó un gritito y se arrojó en ellos –lloraba y reía a la vez. En ese momento sentí en mi ánimo y mi corazón que; era la única mujer en mi vida. Después de todo no podía ser de otra manera.

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