Cuando el estilista puertorriqueno y ahora pastor evangélico, Vicente Martínez (conocido como “El Negrito Bombón”), decidió renunciar a su estilo de vida homosexual, sabía que la comunidad LGBT reaccionaria de manera hostil con toda suerte de epítetos y pronunciamientos alterados por lo que consideraron una expresión hipócrita y falsa del ex trasvestista “convertido”. Igual dosis de militancia histérica se concertó en contra del hermano del cantante Víctor Manuel, el también cantante (y con mejor voz que su hermano, a mi parecer…) Héctor Gustavo Ruiz. Y a esa ola de rechazo gay se unió un coro solidario de sectores de opinión, probablemente atemorizados por el shock social que causan tales testimonios en la conciencia colectiva.

¿Por qué no se le reconoce el derecho a “heterosexualizarse” a estas personas? ¿No es una prerrogativa personal determinar libremente el estilo de vida que les dé la gana abrazar? En el contexto de los principios constitucionales que nos rigen, la posibilidad de dar a elegir su sexualidad a los hombres y mujeres homosexuales que son infelices por ello, debe ser defendida con la misma fuerza y determinación con que se defienden los derechos de la propia comunidad LGBT.

El alegado fundamento del rechazo a estas “inusuales” decisiones, es la negativa a aceptar la homosexualidad como una “enfermedad” o “condición siquiátrica” Ese rechazo se fundamenta en las decisiones de la Organización Mundial de la Salud y de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría de separar la homosexualidad de los diagnósticos médicos.

Enfermedad o no, una revisión objetiva de la historia nos permite llegar a la conclusión de que los puntos de vista médicos mayoritarios sobre la desclasificación de la homosexualidad como un desorden mental es, realmente, el resultado de creencias políticas y trabajo de cabildeo.

Por ejemplo, se afirma que la determinación de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (APA) fue el resultado exclusivo de la presión política de grupos activistas LGBT, y no producto de la investigación científica. Se citan una serie de incidentes, el primero ocurrido en 1970, en el que miembros del Frente de Liberación Gay (Gay Liberation Front) interrumpieron una conferencia de la APA en San Francisco, California, acallando a los ponentes con sus gritos, amenazando a doctores, riéndose de los psiquiatras que veían la homosexualidad como una enfermedad y utilizando otras tácticas de presión para conseguir su propósito en aquel momento.

Más tarde, en el año 2001, Robert Perloff, antiguo presidente de la American Psychological Association, acusó a la APA de ser “demasiado políticamente correctos, demasiado burocráticos, demasiado obedientes de intereses especiales”.

Repasemos: Los dirigentes de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría (APA) habían votado previamente de manera unánime retirar la homosexualidad como trastorno de la sección Desviaciones sexuales de la segunda edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (el DSM-II) en 1973.

Esta decisión la confirmó oficialmente una mayoría simple, y repito SIMPLE de un 58% de los miembros generales de la APA en 1974. Pero esa mayoría decidió sustituir ese diagnóstico por una categoría más suave de “perturbaciones en la orientación sexual”.

Más tarde, en la tercera edición (el DSM-III), se suavizó aún más, esta vez, acuñando el término “conducta egodistónica” (el yo entra en conflicto con alguna conducta del sujeto), que a su vez se eliminaría de la revisión de esa misma edición (DSM-III-R) en 1986.

La APA clasifica ahora el persistente, incómodo e intenso malestar sobre la orientación sexual propia como un “trastornos sexuales no especificados”. Otra vez, “trastorno”

Y claro, si se rechaza la homosexualidad como una condición médica o clínica, entonces cualquier tipo de tratamiento o terapia resulta inútil, innecesaria y hasta condenable.

Pero está el otro lado de la moneda. Son aquellos sicólogos y psiquiatras, llamados “marginales”, que promueven la llamada terapia de reorientación sexual (también conocida como terapia reparativa o terapia de conversión). Dicha terapia utiliza métodos enfocados al cambio de la orientación sexual de homosexuales y bisexuales para convertirlos en personas heterosexuales o para eliminar o disminuir sus deseos y comportamientos homosexuales. Estas terapias incluyen la modificación del comportamiento, la terapia de aversión, el psicoanálisis, la oración y el consejo religioso.

La efectividad de estas terapias es también objeto de controversias bastante álgidas, pero indudablemente, se trata de un recurso médico legítimo para los que, por razones genuinas o hipócritas, valientes o cobardes, es decir, por razones justificadas o no, desean realizar ajustes o modificaciones en su conducta sexual.

Están en su perfecto derecho a dejar de ser “gays”. Y apoyarlos es también un asunto de sensibilidad humana y de tolerancia social básica.

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