Persona deprimida.

La depresión como enfermedad hay que saber enfrentarla sin preocuparse por lo que puedan opinar los demás. Puede atacar en cualquier momento aunque pienses que no serás tú la víctima. Unas veces aparece después de que te hayan sucedido acontecimientos de gran tensión que has superado, cuando te relajas; sin embargo, también puede aparecer cuando estás en los momentos más felices de tu vida.

La depresión como enfermedad sólo pueden entenderla quienes la sufrimos, sientes un vacío que nada puede llenar, sientes que alguien o algo ha absorbido todos los sentimientos positivos substituyéndolos por el hastío, la indiferencia, la tristeza profunda… No entiendes la causa, te sientes perdido sin ver ninguna luz al final del oscuro túnel. Cuando llega ese momento tienes que ser capaz de pedir ayuda y esa ayuda sólo te la puede dar un especialista: el psiquiatra.

Todavía existen personas que ocultan la depresión por temor a que les tomen por locos y consideran al psiquiatra como «un loquero». La culpa no la tienen quienes la sufren sino quienes opinan sin sensibilidad basándose en su incultura. Lo digo por experiencia, en cierta ocasión observé que un joven estaba faltando al trabajo, pregunté si le sucedía algo y me contestaron que estaba de baja porque estaba deprimido. Volví a los pocos días y al preguntar cómo estaba un individuo me respondió: «Depresión, un cuento. Si tuviese cuatro hijos vería como no tendría depresión». No me callé, le contesté que se callara si no sabía de lo que estaba hablando. Por supuesto, lo dejé con cara de bobo y me marché.

La depresión como enfermedad tiene solución si acudes a la persona adecuada y si te receta pastillas es porque lo necesitas, la dependencia o no del tratamiento dependerá de la evolución de la enfermedad. Pero prefiero tomar pastillas, aunque te llamen «pastillera» que amargar la vida a los que te quieren y cerrarme las puertas a nuevas ilusiones.

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