Testimonio de una creyente: «Después de una infancia feliz rompí las relaciones con mi familia a causa de un desafortunado incidente. Mi madre me abofeteó y me insultó en público, diciéndome palabras tan terribles que terminé por ingerir bastantes tabletas como para no despertarme más. Caí en estado de coma y después de un mes dejé la región para empezar a estudiar ingeniería. Por rabia viví de cualquier manera, cada vez más amargada y angustiada, pero mis estudios me gustaban y me iban bien. En mi primera lección de autoescuela, mi profesor me preguntó: –¿Quiere usted conocer la paz? Era una necesidad vital para mí. Él me dio un Nuevo Testamento. En los siguientes días leí el evangelio según Juan y creí su contenido. Yo, de cultura musulmana, tuve la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios. Gocé de una paz indecible y divina. Siete meses después de mi conversión tuve un terrible accidente y caí en un pozo negro: ¡quedé ciega! Nuevamente llegaron la depresión, la rebeldía, la angustia… ¿Por qué, pero por qué? Unos cristianos me visitaron y me manifestaron compasión, delicadeza y amor. Poco a poco hubo una relación de confianza entre una joven cristiana y yo. Vino a buscarme cada domingo. Así emergí de la desesperación a la verdadera luz.

Durante mucho tiempo no comprendí por qué Dios había permitido este accidente, pero hoy, a pesar de mi dependencia física, he descubierto el verdadero gozo y la libertad. He escogido vivir verdaderamente para él».

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