Dedicado a mi madre que está en el cielo ponía la primera página del libro de poemas que encontré en la marquesina de la parada del bus. Me asustó la dedicatoria. Los funerales nunca fueron conmigo y aquella dedicatoria hacía suponer un entierro.

Dejé el libro sobre el asiento. Llegó una anciana teñida de rubio y lo cogió. Igual que yo, volvió a depositarlo sobre el asiento al leer la fúnebre dedicatoria. La anciana sacó un cigarrillo de una pitillera marrón y me pidió fuego. Le dije que no fumaba. Se acercó a un coche parado en el semáforo. El copiloto de automóvil le encendió el pitillo.

A todo esto el libro dedicado a mi madre, perdón, a la madre que está en el Cielo seguía disponible. Mientras la anciana fumó su pitillo pasó por tres manos: una adolescente con un piercing en el labio superior, un viejo con cara de mala persona y un niño obeso. Ninguno lo llevó.

Volvía a cogerlo y escribí, después del dedicado a mi madre que está en el cielo, dedicado a mi padre que sigue siendo un borracho, y dibujé una caricatura rápida del viejo de la cara de mala persona.

Cuando regresé al mediodía ya no estaba el libro. En el sitio había una lata de cerveza.

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