Una vez escuché la siguiente frase: “La vida se compone de oportunidades”. Y es tan cierto, que aún resuenan esas palabras en mi cabeza.  Tenemos permanentemente frente a nosotros esa gran encrucijada que nos pide elegir entre lo que queremos, tenemos y podemos hacer, combinando nuestras debilidades y nuestras fortalezas para asumir ese reto.

Al despertar, apenas abrimos los ojos, ya estamos ejerciendo nuestra capacidad de elección y por consiguiente de decisión. Decidimos entre: ¿Seguir durmiendo? ¿Atrasar el reloj unos minutos más? O… ¿salir corriendo porque la agenda revienta? Éstas, a simple vista, parecen ser las decisiones sencillas, las del día a día, las que forman parte de la vida del común de la gente y, pasan desapercibidas por ser automáticas. Pero, forman parte de un engranaje mucho más grande,  que nos permite responder con nuestra iniciativa al programa que toca vivir, esperando que cubra nuestras expectativas.

Ahora bien, si pensamos en las grandes decisiones, las de mayor peso, las que consideramos trascendentales porque delimitarán nuestro bienestar, el sentido que demos a la vida, la importancia de las relaciones con los demás y con nuestro entorno, caemos en cuenta de que decidir es un arte, que muchas veces se basa en el error, pero que no se queda en él. Sino que lo supera.

Cuántas personas suelen repetirse a sí mismas: ¡Creo que me equivoqué, tomé la peor decisión que pude tomar! Sin antes valorar que a decidir no nos enseña nadie. Sino que la vida es una escuela de sabiduría donde conviven la duda, el miedo, la libertad y la oportunidad. Y que nosotros somos los aprendices y ejecutores de la voluntad.

Decidir es vivir… y nuestras decisiones son las fotografías de varios fragmentos de nuestra vida. Que tengamos un espíritu sereno y maduro, llena de luz nuestra mente y fortalecida la voluntad para asumir sin miedo las decisiones que nos toca tomar.

               

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