Que os puedo decir, sino que amo Galicia con mi soledad y mis ganas de recorrerla. He ido a ella en muchas ocasiones y siempre ha sido para perderme entre sus gentes , ciudades, y caminos en desuso, aptos solo para el caminante y algún que otro cabestro. Ver afanarse a los aldeanos en esas aglomeradas casas en la cotidianeidad, no mas que arar la tierra, cuidar de la huerta. Dormir no se sabe donde, cubierto por un buen saco, haciendo vivac, y a la mañana siguiente, tempranito, calentar la olla en el fuego y tomar un café despuntando el día acompañado de unas tortas de pan, con algo de mantequilla o un poco de mermelada, comprada días atrás a una mujer que en su natural ser va al campo a por moras y las trabaja hasta conseguir esa masa dulce que supone la reivindicación de lo básico. Galicia es una tierra, tierra, poblada de tradición y campos de cultivo, animales de granja y ciudades medievales como son por ejemplo Santiago y Lugo. Otras tantas veces mis periplos me llevaron al Santiago medieval, ese casco antiguo donde los músicos tienen sus propias reglas y las gaitas resuenan en la plaza del obradoiro, plaza que en su idiosincrasia acoge a toda la variedad de gentes, que provienen de lugares de toda Europa y mas allá: peregrinos, alemanes, chinos, vascos, turistas en general que ven y verán lo que todos vemos allí, algo que ha perdurado en el tiempo y que suena junto con las campanas de la catedral y nada tiene que ver con ser católico o no, sino mas bien con ser del pueblo, de su comida; sus jóvenesy sus mayores, cada uno diferente, cada uno un mundo en si mismo, como Galicia.

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