Somos de huesos, carne y sangre. Y somos ideas, pensamientos y emociones. Somos tambien sueños, esperanzas, realizaciones y fracasos. Somos amores y odios, alegrías y tristezas, alejamientos y acercamientos, aceptaciones y rechazos. Somos todo eso y mucho más. De todo eso se compone la vida. Y todo eso es el tango, porque el compás frenético del dos por cuatro es la vida. Cada compás tanguero es un manojo de pasiones encontradas. Por eso nos hace hervir la sangre, acelerar el corazón, poner la piel de gallina y a veces dejar salir un par de lágrimas, disimuladas si somos hombres, por los recuerdos que retornan bailarines a la memoria.

Dicen que Ernesto Sábato dijo, antes de ser un recuerdo, por supuesto, que el tango es un sentimiento triste que se baila. Puede ser. Pero tambien es algo más. Como añoranzas bellas de una feliz milonga en el viejo barrio tanguero de San Telmo en Buenos Aires. O una noche mágica en la esquina de Pugliese en la misma ciudad. O como un encuentro feliz en el Cafetín de Buenos Aires, de Bogotá, mientras bailan Carlos y Eliana o suena la voz ronca de Adriana Varela o se escucha a Polaco Goyeneche "diciendo tangos".

Porque el tango es vida y tiene vida es que nació y creció. Y quien sabe si morirá. Nació música, al poco fue movimiento y culminó como canto y poesía.

Que el tango es la vida y que de tango somos, lo puede resumir la anécdota de Santos Discépolo, "Discepolín", claro, en un zoco de Marruecos, al norte de Africa, como la  cuenta por ahí César Tiempo, otro notable argentino.

Cuenta César que una vez se encontró con Discépolo en Italia, cuando este venía de Marruecos español y le contó que había entrado a un cambalache de Tetúan, a ver unas babuchas bordadas que ofrecía un viejo sefardí. Mientras elegía, de un viejo gramófono salieron las primeras notas de Yira Yira, uno de los tangos universales de Discépolo. El viejo entonces se puso a tararear en su lengua ladino-lunfarda: "Cuando la suerte que es grela...". Discépolo muy emocionado le explicó al viejo que él era el autor de ese tango. Y el viejo respondió lanzándose a besarle las manos, agradecido. De todos modos le cobró las babuchas. Y remata Discépolo: "Al salir de la cueva di por bien empleados los desvelos que me habían costado los tangos. Nada podía pagar aquel momento. Ya en la calle, con un nudo en la garganta, todos los alminares me parecieron enanos y en la voz de los almuédanos me pareció escuchar Qué vasaché. (Otro tango del mismo autor).

 

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