Publicado en el diario Información de Alicante 04/03/2010

La naturaleza es imperfecta. Igual combina sus fuerzas para generar belleza, que igual esas mismas energías se transforman en horror y destrucción. Últimamente nos está demostrando su poder con demasiada efectividad. El mundo se mueve y aniquila la obra del hombre y al hombre en sí mismo. Y contra esto poco se puede hacer; la prevención es técnicamente muy complicada. Actuamos después del desastre; intentamos recuperar nuestro entorno, corregir los daños sufridos y, en lo posible, evitar que éstos se vuelvan a producir.

Algo así sucede con ciertos elementos destructivos de la sociedad. Por errores de la naturaleza, nacen y conviven entre nosotros seres salvajes y sanguinarios. Preveer su comportamiento es difícil. Se les intenta localizar y capturar antes de que cometan su ejecución. Y si no se puede hacer así, se les caza como alimañas y se les condena a pagar por lo que han cometido.

Lo que ocurre es que la sociedad, en su empeño de ser justa, otorga a sus enemigos derechos y prebendas a los que no deberían tener acceso nunca. Y estas deformidades humanas se aprovechan de ello y se ríen de lo tontos que somos. Hacen huelgas de hambre para abrirse puertas por las que huir. Son verdugos que se esconden, falsean y mienten para aparentar ser víctimas. Solicitan integrarse en las mismas estructuras que han pretendido demoler. Y cuando el sistema les cita parece para que cumplan con aquellos de los que se burlan, amenazan con inmolarse de hambruna.

Éste es De Juana, un ejemplo de existencia injusta. Provoca dolor verle la cara, saber que vive de prestado. Es nocivo para la humanidad, y ésta debe extirpárselo. Hay que juzgarle y que se pudra en la cárcel. Y si no se le puede juzgar, que desaparezca para siempre de nuestras vidas. ¡Ojo! No soy como él. No le deseo la muerte. Sólo me gustaría olvidarle. Por muy difícil que esto sea.

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