FUENTE: GUAU! - AUTOR: MARCO

Cuando nos ponemos a ver cómo el abandono o cualquier otro acto de crueldad (y con ésto me refiero a esa capacidad exclusiva de los hombres y mujeres de la Tierra) ha logrado de nuestro medioambiente un desequilibrado vínculo entre “humanidiosidad” y Naturaleza, nos debiéramos hacer la pregunta: ¿por qué nos hemos permitido llegar hasta aquí?

Resulta que muchas veces lo que nos dis-gusta lo preferimos olvidar sin afrontar, y allí radica nuestro error de irresponsabilidad: como supuestos seres razonables, ésa es la característica que nos categoriza, pero precisamente es también la que nos debiera avergonzar…

Ante todo, a sabiendas de que la postal de animales domésticos/domesticados o mascotas abandonadas, hambrientas, sedientas, olvidadas, violentadas, excluídas, discriminadas, amenazadas, etc. no nos agrada mirar para nada, y razonando que es ésto un resultado de una desviación de la conducta que nos responsabiliza sobre los demás seres (al que proclamamos soberbiamente como “inferiores”), cualquier inteligencia dictaría que antes que lamentar, es mejor pre-venir. Pero parece que tampoco somos muy capaces de anticiparnos si acaso ignoramos que los “supuestos” establecidos culturalmente, aparentan mitologías urbanas en un fantasma social del especismo olvidadizo por necesidad caprichosa o brutalidad premeditada.

Todos los que habitamos en este mundo de “posibilidad” (y a propósito acudo al término heideggeriano), tenemos una meta, y aunque angustiante para los que no nos conformamos con el cuentito de los cultos prometedores de una parecela de cielo eterno, al menos soñamos con que daño que causemos, debiéramos repararlo en algún momento (en lo preferible, intantáneamente, pero la burocracia espiritual también se toma su tiempo…). Esa posibilidad, esa «o-por-tu(ni)da-d» que ostentamos, no es exclusiva de los “pen(s)antes”, por lo que los privilegios se acaban en el mismo término que compartimos: la muerte. Entonces ¿qué nos cuesta re-conocer que todos merecemos (tenemos, deberíamos tener) una oportuna posibilidad de “vivir“?

Este día de reflexión, establecido desde hace unos cuantos años por la International Society for Animal Rights para concientizar sobre los animales sin hogar, nos debe tocar esa parte del corazón que nos moviliza la razón: sí, debe haber algo que nos con-mueva, y nunca será tarde de averiguarlo. La sensibilidad viene con una suerte de experiencia de vida, ¿no?

Mike fue rescatado de la calle y ahora tiene una oportunidad de  vivir…Negro también fue rescatado de la calle porque no tenía hogar…Y volviendo al recurrente esquema social del “predicar con el ejemplo” para lograr com-prender que todos estamos capacitados para “hacer-lo bien”, apuesto que si uno las hace en vida, las paga en vida, y si lo hacemos bien, lo pagaremos con gusto: es el precio por querer expiar nuestro “pecados” modernistas sin querer envolvernos en un remolino kármico difícil de so-por-tar… Al fin de cuentas, ése debe ser el significado de lo que cuesta vivir. Lucy hoy forma parte de la manada de Luke, pero pudo nunca haber  tenido hogar…Para los animales que son abandonados, el costo es de supervivencia, algo que no solemos mensurar hasta que nos sucede una catástrofe: entonces, porqué permitir que otros seres padezcan lo que nunca desearíamos para nosotros mismos: está claro que lo que hacemos repercute en nosotros, y si permitimos el sufrimiento, ¿qué ganamos?

Yo aún no he visto premio alguno, y tampoco lo espero, pero sí puedo asegurarles que rescatar a un animal que lo necesita (cualquiera sea su especie), nos hace “ser” humanos, y ésa es una sensación que solemos tomar a la ligera, pues nos la inculcan desde la niñez como una más de las míticas hazañas del especismo, pero que en los hechos resultan totalmente indescriptibles:

la posibilidad de sentir, es una posibilidad de vivir, y la de com-partir, aquella que nos permite “ser”.

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