En la plétora zoológica de nuestro planeta, hay más de 450 especies que exhiben comportamientos homosexuales. Y a pesar de ese aplastante ejemplo, en estos días de activismo liberal, “hacer el amor” entre individuos del mismo sexo es un fenómeno que provoca volátiles argumentaciones. Y cuando a los científicos se les ocurre echarle fuego a la brasa, se desatan las pasiones argumentales y las acusaciones de hipócritas “de closet”.

Es de conocimiento universal que la ciencia parte del hecho inescapable de que tal junte de sexos iguales supone una apocalíptica paradoja evolutiva: las parejas homosexuales no dejan descendencia, por ende, sus genes no se transmiten.

Las implicaciones de esa paradoja en la evolución y supervivencia de la especie humana, entonces, son evidentes. Aseguran, por otro lado, que la conservación del comportamiento homosexual a través de las generaciones no puede explicarse a través de la selección natural. Así de sencillo.

Pero hay dos científicos de la Universidad de California que alegan que el comportamiento homosexual podría ser un comportamiento “adaptativo” que provoca efectos genéticos indirectos. Precisamente, los susodichos Nathan Bailey y Marlene Zuk, afirman que esos efectos ocurren cuando los genes manifestados en un individuo alteran el fenotipo de otro, alterando dramáticamente las respuestas evolutivas.

En ese sentido, los comportamientos homosexuales “serían un rasgo potencialmente moldeado por la selección, y a la vez una fuerza que modula la selección de otros caracteres”, explican los científicos. Parece lógico, si pensamos que los individuos homosexuales, al no participar de la competencia por la pareja, mejoran los chances de reproducción de los heterosexuales. Es decir, más mujeres para hombres, o más hombres para mujeres, como garantía de preservación del género humano.

 

Se concluye, entonces, que la homosexualidad es inconsistente con la teoría evolutiva tradicional, y viola la ley básica de la naturaleza, que es procear. Y es por ello que estos dos respetados científicos tratan de explicar el comportamiento homosexual a través de teorías “adaptacionistas”.

 

Fundamentalmente son tres:

 

1. La Teoria del “Pegamento Social”

 

En algunas especies, las relaciones homosexuales actúan como “pegamento social”, ya que mantienen y fortifican las relaciones sociales. Ejemplo de esto son las alianzas entre machos en los delfines, donde la mitad de las relaciones que tienen los machos son con otros machos, o la resolución de conflictos a través de interacciones sexuales de individuos del mismo sexo, algo que ocurre en los bonobos, en los macacos japoneses y en los pájaros carpinteros.

 

2. La Teoria del “Dominio Social”

 

Las relaciones homosexuales se ejercen para dejar en claro quien manda. Por ejemplo, en la mosca Scatophaga stercoraria, los machos más “fuertes” someten sexualmente a los más “débiles” y de esta forma les comunican que ellos no tienen derecho a aparearse, y por lo tanto los “fuertes” así incrementan sus chances de reproducirse.

 

3. La Teoria de la “Escuelita”

 

Esta es la más rara. En algunas especies, el sexo con individuos del mismo género se lleva a cabo en la juventud, como práctica para cuando el cortejo y apareamiento con individuos del sexo opuesto esté disponible luego. Las relaciones homosexuales serían como una “escuela” para entrenarse en la reproducción. Esto ocurre por ejemplo en la mosca Drosophila y en los flamencos.

 

También se dice que un ambiente extraordinario condiciona a los animales para que tengan comportamientos homosexuales. Algo así pasa con algunas especies cuando no hay individuos del sexo opuesto o cuando están cautivas.

 

Para ilustrar el primer caso, vale como ejemplo el del albatros de Hawaii. En esta especie, las hembras que quedan sin pareja estable, por falta de machos, se aparean casualmente con algún macho “que ya está en pareja”, pero crían a su descendencia con otra hembra. Esto supone una ventaja frente a aquellas hembras que tienen que críar a su progenie por sí solas.

 

En los macacos japoneses sin embargo, las hembras “prefieren” criar a sus descendientes con otra hembra, aunque obviamente se relacionan con machos para procrear. Son bisexuales, digamos. Ambos casos suponen una “cooperación” entre individuos del mismo género que están en pareja.

 

Cabe destacar que algunos autores consideran que la homosexualidad no necesariamente tiene que encajar en el pensamiento evolutivo: Paul Vasey, de la Universidad of Lethbridge, en Canada, opina que muchos comportamientos homosexuales no tienen ventaja adaptativa alguna, son caracteres “neutrales”, y que algunos investigadores tratan de “imponer” una perspectiva evolucionista.

 

La mayoría de estos estudios se han hecho en animales distintos al ser humano ya que su homosexualidad innata o genética se reprime por presiones sociales, y en otros casos, aparece por causas psicológicas.

 

Existen, sin embargo, estudios realizados en humanos, particularmente interesantes. Por ejemplo, estudios realizados en gemelos que comparten su orientación sexual indican que la misma es heredable y se comparte en familias. También se ha probado que tener hermanos mayores hombres incrementa las chances de ser gay, por alteraciones en el ambiente pre-natal que experimenta el feto in utero. El primer ejemplo es claramente genético, mientras que el segundo indica que el ambiente es determinante a la hora de definir la orientación sexual. En uno y otro caso se alejan de las perspectivas darwinianas.

 

Personalmente, me parece que las 3 teorías pueden ser observadas en los seres humanos en diferentes circunstancias y procesos emocionales. A mi me gusta ser promotor de mi especie humana y nada me complace y entusiasma más que compartir esa misión con la ayuda de una apasionada hembra de mi especie. Pero acepto que otros prefieran el ejemplo de los bonobos, que resuelven todos sus conflictos por medio de interacciones sexuales y se la pasan de maravilla. No importa de que género sea una pareja, o qué conducta conmueva su corazón, lo importante es proteger su derecho al estilo de vida que le dicten sus más honestos instintos. Como decían los hippies en los alucinantes 60?s: “make love, not war”.

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