El mar quería a Raquel, ella por un instante aceptó esperarlo cuando él le propuso esperarlo quietica; ella se dispuso a esperar, la traicionaban los movimientos incontrolables, involuntarios, al fundirse a Daniel, un hombre proveniente del mundo del fuego, que encendía toditicas las leñas de la tierra que era Raquel, y al que ella quería en las sombras del mar.

Este hombre tenía a veces, solo a veces la sonrisa, los brazos, las posibilidades, y la magia de algunas zonas inquietas, que derrumbaban las promesas de Raquel, las promesas que le hizo al mar, la noche del vestido blanco.

Daniel se había dedicado a labores de marinero, por la posibilidad de trasegar ese mismo mar al que Raquel prometió esperar, pero también por el instante pasajero de detenerse, de puerto en puerto, sin quedarse nunca en algo parecido a la estabilidad.

RAQUEL dormía sobre él, mientras DANIEL murmuraba somnoliento contra el MAR, y de repente la tomaba como descuartizando un lienzo. Cada roce de él, era como una pincelada en el lienzo abierto de la piel de Raquel.

El se iba y ella se quedaba, cada día esperándolo detrás de la roca blanca de la playa, mientras esquivaba al MAR, quien oliéndola, sintiéndola cerca, le susurraba con sus olas: no esperes más mi niña, Daniel no va a llegar.

El mar levantaba conjuros en la tierra, solo propios de su realeza de dios para enredar a Daniel en sus propios delitos de marinero. Mientras Raquel lo esperaba detrás de la roca, Daniel peleaba batallas marinas con sus delitos, y con el mar; logrando soltarse de los tentáculos de bestias marinas, de las garras de gorilas acuáticos, que lo laceraban de a pocos.

Raquel lo esperaba quietica, fundiéndose a una roca blanca de la playa; él llegaba herido, a veces molido, tan cansado, que sin rozarla la dejaba allí, como una roca blanca bañada por el mar, por ese mar.

El mar ganaba la partida entre estos, sin saber quizás el secreto milenario del corazón de una mujer, que la ternura vence, lo que el cansancio no alcanza.

Daniel seguía llegando a la roca, tarde tras tarde;RAQUEL lo recibía, ya sin importar que el MAR los viera, se asía a él, llenándolo de cierta vida, como los tizones a las fogatas cansadas. Lo veía medio vencido pero con la arrogancia de hombre intacta, sabiendo del plan siniestro del mar: desgastarlo y ofenderlo de tal manera, que como le dirían a un tal José Arcadio Buendía, el mar le gritaba a él en medio de burlas: tranquilo, más bien yo “le haré el favorcito” de fundirme a Raquel.

Ella con calma rociaba a su marinero, lo rociaba con el agua bendita que tomaba en el día de sus propias entrañas, como lo hacían en otrora las sirenas. Masajeaba sus manos con ciertos bálsamos de caracol, y revitalizaba su rostro con menjurjes de arena y saliva, mientras él dormitaba.

El mar continuaba la envestida, mientras DANIEL dormitaba en los laureles de un amante seguro. RAQUEL sentía al mar invadiendo sus piernas, su fiereza no cesaba ni de día, ni de noche; pero también sentía al marinero, estirando suavecito un brazo con el que la cobijaba y la arrancaba de olas calientes, le daba un beso tibio que era para lo que le alcanzaba, y le sonreía como si fuera suficiente para vencer al MAR.

Raquel recibió un mensaje del león de mar, quien se encargaba de dirimir en medio de batallas del mar con algunos hombres, intervenía cuando había alguna esperanza; ese mensaje le llegó en un pergamino, con el nombre de Daniel en él, encabezado así; “ Daniel, tranquilidad y bondad, juez de las causa de lo divino, cercanía, sinceridad y familia”  el león había averiguado las raíces de este marinero, para confirmar lo que Raquel veía detrás de sus delitos; quizás por eso era tan feroz el mar con él, este hombre escondía sin saberlo en su nombre, el secreto de príncipes antiguos que llevaban grabados en las letras que los nombran, el saber conservar y amar a una mujer.

A Raquel, iluminada por estrellas cómplices del león de mar, le bastó la ternura para sanarlo, y finalmente a Daniel, su nombre para vencer las promesas hechas por Raquel al MAR. El mar seguiría atacando; RAQUEL quería ahora batallar al lado de DANIEL, asumirían el derecho que da la unión de dos para seguir lavando sus heridas, para hacer arder llamas al amanecer, que alejen la brisa marina. Ella sería su familia, él la suya, como quienes pelean juntos la noble batalla del cobijo .

Pero la roca blanca como una serpiente enviada por el mar, sigilosa y astuta, también había herido a Raquel, hundiéndola en delirios febriles, sembrando vestigios de ROCA en su corazón; ahora para RAQUEL, nada le era suficiente, quería al príncipe del que le habló el león de MAR en el mensaje del pergamino, quería al príncipe que se escondía en el marinero; tendría que esperar quietica, a que alguna ternura, quizás la del hombre de nombre con letras antiguas y claras, quisiera vencer en ella los temibles conjuros de la roca.   

La roca y el mar

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