El cumpleaños de Ana, como todos los años...

Elena y Juan no se conocían, cada uno iba por parte de uno.

Ella iba por Ana.

Él iba por el novio de Ana.

Cada uno llegó a una hora y por una puerta del local donde se celebraba la fiesta.

Juanjo el novio de Ana había contratado un pincha discos y todo, había comprado todo tipo de regalos, un despilfarro.

Elena iba enfadada, acababa de cortar con su novio, le había pillado en la cama con otra.

Juan llevaba meses solo, y no lo encajaba demasiado bien, tenía problemas de varios tipos, trabajo, familia, su última novia…

Se fueron cada uno por su cuenta a la barra, a la vez, aunque no se conocían, y con una idea fija, pedir un tequila, total la fiesta había empezado a las 8 y cada uno a su manera habían llegado a la hora que les había parecido, total no creían que nadie fuera puntual.

Se acodaron casi a la par.

A medio metro uno del otro.

Y dijeron lo mismo.

- ¡Camarera un José Cuervo con sal y limón!

Entonces se miraron y se estudiaron por una fracción de segundo a la que siguieron las carcajadas, tanta fue la sincronía entre ellos que el bar pareció parar la actividad, la gente pareció congelarse, el mundo pareció pararse un micro segundo.

Como en las películas. Una de esas coincidencias.

Rieron hasta las lágrimas.

La gente les miraba como sólo la gente es capaz de mirar en los pueblos pequeños, y sólo miran así a los forasteros. Y “forastero” es lo peor que te pueden decir, o bueno casi lo peor, está también “veraneante”.

Y una vez la camarera puso ambos vasos de chupitos y los sirvió, puso la sal y las rodajas de limón, se miraron a los ojos levantaron los vasos como en un ritual entre ellos y se lo bebieron de a una.

Fue curioso, porque tras elevar la cabeza para apurar el trago de una sola vez, ambos posaron sus vasos del revés sobre la barra con fuerza, con ganas.

Juan pidió otra ronda, y ella sonrió. Asintiendo.

Al tercer chupito se presentaron.

Después decidieron que en lugar de ir a chupitos irían con la botella, un plato de rodajas de limón, y un salero, total había barra libre en ese cumpleaños, pero esto le saldría mas económico al anfitrión que los chupitos, y un amigo era un amigo.

Pasaron a la zona de atrás, donde estaba el meollo, el pincha discos, los otros amigos, a los que por cierto conocían a pocos, y la música.

Se pasaron la noche charlando y chupiteando, si es que ese término existía, y bailando.

En las horas de la fiesta se contaron un poco su vida y un poco grandes confidencias.

Al final de la noche se subieron al hotel que el anfitrión había contratado para que nadie tuviera que coger su coche regresando a casa borracho jugándosela.

Cada uno a su habitación, pero ya se habían dado el número de teléfono, y estuvieron mandándose mensajes de una habitación a otra hasta que cayeron rendidos y José Cuervo los dejó en K. O. técnico. Y con una amplia sonrisa en la cara.

A la mañana siguiente cada invitado fue bajando a desayunar a su ritmo, en la misma sala en la que la noche anterior habían estado bailando.

Hubo risas, comentarios, y miradas entre varios invitados…

Elena cruzó su mirada con la de Juan y sonrió sin vergüenza alguna, no le parecía que hubiera hecho nada malo, ni reprochable por nadie.

Juan se acercó y le dio un beso en la mejilla, diciéndole al oído un tierno “buenos días”.

Ella enseguida se puso rígida, en guardia, tiesa como una tabla, no se lo esperaba.

Él lo percibió en el momento. Pero lejos de apartarse, la tomó la mano y la llevó a la mesa del buffet libre y le preguntó: “café o té” mirándola con toda la franqueza y tranquilidad de que pudo revestirse.

Ella dijo mirando al suelo: “té”

Y él con una amplia sonrisa le dijo: “apuesto a que con limón”

Y cayeron todas las barreras del miedo de Elena.

Al terminar de desayunar copiosamente se levantó y se fue a la barra del bar y le preguntó a una camarera distinta si entre el cubo de la colección de la botella de la noche anterior habría alguna de José Cuervo. Le hizo rebuscar en un cubo grande y negro hasta que dio con tres.

Las hizo meter en una bolsa que metió en su coche y las puso en su salón sobre su mueble de la tv.

Elena y Juan solían quedar muy a menudo.

Pese a que su ex novio intentó recuperarla nunca lo consiguió.

Un día Juan subió a recogerla a su casa, y mientras ella se preparaba reparó en las botellas de José Cuervo, y le preguntó con la mayor inocencia del mundo, con la misma que le respondió ella, “pues tonto son las tres primeras que nos bebimos la noche del cumpleaños de Ana”

Y él se quedó parado, pálido, con una extraña mirada, frente a ella, “¿cómo es que las tienes?”.

Pero en realidad ya sabía la respuesta.

Elena respondió: “las pedí en el momento en el que me di cuenta que no me gustabas, que estaba enamorada de ti y me las traje”

Juan le dijo “¿sabes que no te llevaste todas? Yo tengo el resto, en el mismo sitio en mi apartamento.”

Y ella le respondió: “deberíamos llamarles y decirles que aquel cumpleaños tuvo la culpa de toda esta felicidad”.

Fueron a un cumpleaños del que salieron con la felicidad

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