Acabo de oír un programa de radio. La suegra, folklorista retirada, ayer me comentaba de la agrupación, sus nombres y el culto de sus tradiciones enrazadas en la esclavitud afro-colombianas.

La radio me hizo escuchar algunas variantes musicales, ella –por su parte- me explicaba los movimientos de caderas y de los pies. La música era triste, por describirla, de algún modo. El baile era cadencioso y los versos sencillos. La narración, por su parte, brevemente recapituló lo que la vieja me explicaba sobre el pueblo de Palenque, ese lugar de refugio que hallaron los esclavos que escaparon de sus explotadores coloniales, cerca de Cartagena de Indias.

No entiendo cómo es que el negro Basilio pudo crearse ese refugio y cómo es que no le atacaron los españoles… Supongo que era un lugar muy profundo en la selva, inaccesible y, el costo de una incursión armada habría sido muy grande para “rescatar” una docena de hombres para volverlos a una incierta esclavitud que, sólo en las noches, les libraba de la explotación en las haciendas o minas, para deleitarse en un coqueteo danzante de hombres y mujeres, que no tendrían mayor inmediato futuro que gozarse en ese limitado presente.

La gente de Palenque, según el negro Lorenzo (difunto amigo de Rafael y su familia) no se mezclaban racialmente con los blancos; aún así, cuando ellos caminaban por Bogotá, no dejaban de llamar la atención sus colores extremos: Lorenzo, oriundo de Palenque, tuvo un color extremo y, al ir a bailar a España, se ganó el premio del festival de Cáceres, junto a otros premios en su tour por Europa.

Hoy, probablemente, se casen y tengan muchos amigos sin viejos prejuicios, pero pocos conocen sus dialectos y, para la época en que los DelValle visitaron el pueblo, hubo cierto recelo cuando asistieron a un funeral: Ellos, en lugar de velorios con dolor, expresaban colorida alegría, con festejos ajenos a nuestra cultura de occidente.

La cumbia vieja, la tradicional –me cuenta la Sra. Beatriz- era cadenciosa y, por supuesto, un baile erótico en sí, pues, como dice ella: “Si la mujer gustaba o recibía a ese hombre, elevaba una luz para iluminarlo en esa noche y poco a poco daba paso rítmicos, moviendo su cadera con un ritmo de vaivén, acompañándolo de una sonrisa”. El hombre, por su parte, esclavo como la negra que pretendía, arrastraba un grillo en una de sus piernas, lo que le obligaba a llegar un pie a la rezaga, arrastrándolo cadenciosamente tras del otro, pero –como dice ella- “el paso de la mujer y del hombre eran muy distintos en la cumbia original, por razón del incómodo peso en un tobillo masculino”.

Debió haber sido una vida miserable la esclavitud. Trabajar para otros sin una real recompensa ni estímulos de vida. Comer mal, disfrutar un corto descanso por la noche y los hijos no eran ni del hombre ni la mujer porque serían del esclavista y, por desventura, algunos los verían ser maltratados o vendidos a otras explotaciones de minas o haciendas… ¡Dios mío! ¿Cuántos años?

Sé que en África algunas tribus se dedicaron a explotar y a esclavizar a otras, pero –lo de América- tardó algunos siglos y, en mi caso, no sé cómo no habría elegido caer muerto. Se me hace difícil entender la situación de mis parientes en los días de la colonia y, por otro lado, entiendo la arenga de que “recibirían libertad si se unían a la causa revolucionaria en contra de los españoles” (cosa que muchos patronos y militares no cumplieron). ¡Dios! ¡Qué desdicha!

No tenían vida propia, casa propia ni real familia. ¿Cómo no escapar a cualquier lado, si rompiese mis cadenas o mi tobillo?

La vestimenta era sencilla. Es posible que les vistieran con harapos y se mojaran de lo poco que les habrían dado. Sin lugar a dudas, ahora entiendo la lealtad de aquellos negros que recibían las prebendas de sus esclavizadores; se tornarían en los caporales de la hacienda y serían hipócritamente halagüeños para no perder los beneficios de una cama cómoda, mejor comida y, quizá, un espacio más íntimo para acostarse con la mujer que le dieran (pero he sabido que nuestros cruces de raza se debieron –en aquella época- a relaciones ilícitas de los patronos con sus explotados).

Por esto y más, al escuchar la cumbia original (otros cantos tristes) entenderé la razón de los negros de Palenque, de los negros de mi familia, porque desciendo de esclavos…

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