El cuervo en su quietud, vive en el paso de la noche. Está ahí, sin la posibilidad de encontrarse con la amada; el conjuro que no logra descifrar, para rescatar su humanidad, le fué transmitido a su sangre, por el último abrazo, en aquella mítica despedida.

Parece un cuervo más, nadie sabe que ante su indiferencia salvaje; él sueña, anhela y suspira, con el conformismo de los nobles derrotados.

Mary, camina con su abrigo negro, la resguarda de la lluvia, que cae como puñales en su cuerpo. Camina por andenes que no dejan ninguna huella, recuerda que el cemento es como el corazón indolente de aquel que decidió partir, como si ella, no hubiese dejado ninguna huella en él.

Mary sabe amar, sabe dar, sabe reir, sabe escuchar, sabe acariciar, sabe respetar, sabe perdonar; siete verbos suficientes para ser feliz con alguien. Justamente en eso piensa, en los verbos. Esa noche no está segura si los prefiere a los sustantivos, o si puede llegar a ser posible, que haya alguno que sea la dichosa suma de muchos verbos, como lo propone el escritor gaucho. Cree en alguna palabra escondida, no descubierta, que lograra que el amor del que se va, pueda llegar a ser al fin, su verbo.

Allí sigue el cuervo, sin usar sus alas; impávido, oscuro, camuflado, derrotado; ahora la observa y la sigue, como quien cuida a alguien que aprende a caminar; la sigue con la atención que se le da, a lo mejor y ya irreal en la memoria, de los muertos en los funerales; él quisiera hacerse sentir, revolotear, graznar; lograr el sonido con el que le diga que está ahí.

Le duele su cuerpo incomprensible, lo ahogan sus sonidos sin versos; entendió, era amor lo que lo unía a ella; pero por más que lo intente, es tarde. El es ahora un cuervo, solo puede volar... prefiere renunciar.

Mary levanta la mirada, lo mira desprevenida, solo lo percibe; el cielo brilla con la precipitud de la danza de las gotas, celebran un ritual...no hay luna.

Sin Volar

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