Cuento para niños

niña jugando en la playa castillos de arena

Hola, me llamo Paulina y tengo siete años. Vivo en un pueblo a orillas del mar: en verano, está lleno de unas personas a los que papá y mamá llaman “turistas”. Un turista es un señor o una señora que tiene la piel del color de los cangrejos y que habla muy raro y no se le entiende nada. Los turistas se pasan todo el día tendidos en la playa, y es un fastidio porque queda poco sitio para jugar.

En otoño y en invierno es diferente, porque todos los turistas se han ido y la playa es mía y de mis amigas. O sea, de Verónica, y Laura y Paula, que se llama como yo, y es por eso que a mí me llaman Paulina, para que no nos hagamos un lío.

Nos gusta pasear, y buscar estrellas de mar o conchas y hacer castillos que luego se lleva el agua cuando sube la marea. Si por mí fuera, estaría todo el día en la playa. Pero papá y mamá no me dejan ir a menudo.

--Hace demasiado frío –suele decir mamá--. Podrías constiparte.

--Por favor mamá. Me pondré el jersey grueso aquel que me da tanta rabia y no quiero ponerme nunca.

--Que no, Paulina, ¿no querrás tener que quedarte una semana con fiebre en la cama, ¿verdad?

Papá y mamá son así. Siempre piensan que podría constiparme, o atragantarme, o caerme, si me subo al árbol que tenemos en el patio. Una vez que me vieron una manchitas verdes en la piel llamaron a una ambulancia y me llevaron al hospital. Fue muy chulo, hasta pusieron la sirena y todos los coches se apartaban para dejarnos pasar, y encima no nos pusieron ninguna multa, como aquella vez que se la pusieron a papá, y todo porque los señores guardias habían puesto la señal que prohibía correr en un sitio que no se veía nada. ¡Qué malos son estos señores guardias! Creo que papá incluso dijo algunas palabrotas, pero como mamá me tapaba los oídos, no sé exactamente cuales.

Bueno, aquel día del hospital el médico me miró las manchas, y luego miró de reojo a papá y mamá, que estaban allí, mordiéndose las uñas, y dijo que iba a darme una medicina que me curaría, y que la medicina se llamaba “agua y jabón”. Entonces les conté a papá y mamá que las manchas me las había hecho con el rotu, porque se acercaba Halloween y quería ir probando un disfraz de monstruo mutante. Se enfadaron mucho, por no habérselo dicho antes, ¡pero es que no me habían preguntado!

No sé porqué, cuando nos fuimos, oímos que el señor doctor se estaba riendo en su despacho.

Esto fue hace una semana y un día, y durante esta semana estuve castigada sin poder salir, y me las pasé leyendo cuentos y viendo la tele. Hasta ayer, que ya podía volver a salir y había quedado con mis amigas.

--Me voy a la playa a jugar con Verónica y Paula, mamá –le dije.

--¿A la playa sola? ¡Ni se te ocurra!

--Viene la hernana mayor de Paula, a hacer de canguro.

--Da lo mismo –dijo mamá--, no hace día para salir.

--¡Pero si no hace frío!

--No... –dijo papá, que estaba en el sofá, viendo la tele--, pero está muy cubierto. Probablemnte lloverá. Y si te pilla la lluvia en la playa...

-- ... te constiparás –concluyó mamá.

--Exacto. ¡Te constiparás! –repitió papá.

--¡No lloverá! –protesté yo.

--En la tele han dicho que sí.

--¡Pero si siempre dices que el hombre del tiempo no acierta ni una!

--Ya está bien, Paulina –dijo mamá--. No pudes salir porque no queremos que te constipes. ¿A quién se le ocurre salir con este tiempo?.

Pero, al rato, mamá me mandó a comprar pan a la panadería de la esquina, y cuando volvía, vi a mis amigas, y pensé que no pasaría nada si i me quedaba con ellas un rato en la playa.

Estábamos haciendo un castillo super-guai cuando, de pronto, el cielo se puso muy negro y empezó a llover. ¡Qué digo, llover, a diluviar! Parecía que hubieran abierto una ducha para gigantes.

La hermana de laura nos llevó corriendo a su casa, que era la que quedaba más cerca. Una vez allí, nos secamos y la mamá de Laura llamó a mis padres, pero no contestaban al teléfono.

Volvió a llamar al cabo de un rato, y nada.

Así que la mamá de Laura acabó llevándome en coche a mi casa. Seguía lloviendo a cántaros. Cuando llegábamos, vimos a papá y mamá que regresaban a pie, empapados de pies a cabeza.

--¡Paulina! ¿Dónde estabas?

--¡Hemos salido a buscarte tan pronto ha empezado a llover!

--¡Llevamos media hora buscándote! ¡No te encontrábamos!

--¡Pero si estaba en casa de Laura!

--Mira, Paulina.... –dijo papá, muy enfadado--. Esta vez te has pasado de la raya. Voy a... a.... a .... ¡Atchís!

Hoy, papá y mamá están los dos en la cama, constipadísimos, estornudando y gastando cajas de pañuelos de papel como si las regalaran. Yo ya se lo he dicho: “Pero, ¿a quién se le ocurre salir a la calle lloviendo de esa manera? ¿Es que no veíais que podíais constiparos?”

Créditos ilustración: Kemie/istockphoto.com

 

 

 

 

 

 

 

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