Abelardo por primera vez vendió las diez gallinas y el cerdo que ese día saco al marcado, el bulto de yuca y los diez racimos de plátano encontraron clientes casi de inmediato, y sobre las diez de la mañana tenia además de el dinero de la venta alguno de los costales que le sirvieron para la yuca y las gallinas, con una sonrisa de satisfacción se dirigió a la iglesia, hacia mucho tiempo que no asistía al oficio religioso que a el mismo le parecía extraño el lugar, no lograba recordar la cara de los asistentes y la capilla le pereció mucho más grande, cuando invitaron a comulgar, se dirigió como un autómata y se puso en la fila para recibir la comunión, camino despacio entre los asistentes y cuando el sacerdote le acerco la hostia, repitiéndole que la sangre y el cuerpo de Cristo, no supo cual era la respuesta, durante mucho tiempo la tobo en la boca sin que se diluyera y cuando la intento tragar la sintió de un tamaño gigante que debió llevarse las manos a la boca para sacarla.

Con el seño fruncido salió y busco el restaurante de doña Lastenia, sentía un hambre atroz y recordó no haber vuelto a ver a Eudoro, si recordaba que la ultima vez estaba sentado junto al bulto de yuca, - este sinvergüenza me las va a pagar ahora, no me quiso ayudar en nada hoy, y me imagino ahora debe estar jugando, fueron los razonamientos de Abelardo antes de entrar al local adornado con un unas mesas largas tapizadas burdamente con un mantel de plástico de color rojo, en las que sobresalían unas flores azules, en el centro un canasto lleno de cubiertos en los que unas cuantas moscas revoloteaban. Se sentó en una banca hecha de una taba larga en la que cabían fácilmente diez comensales, pido un sancocho de gallina y una cerveza a la mesera que con una preñes de ocho meses caminaba contoneándose de un lado a otro, esta debe ser la mujer más fea del mundo, pensó y una sonrisa se dibujo en su rostro. Después de almorzar, pidió como de costumbre un tinto y a la vieja matrona que estaba sentada en un taburete roto, fumaba apaciblemente un tabaco, se quedo mirándolo y luego con calma saco el cigarro de la boca lo miro detenidamente y arrugando aun más su frente con ojos casi cegatones le dijo:

- El joven Eudoro parece tener problemas, ¿usted lo ha visto hoy? Aquí veo que nada bueno le está pasando, debería usted buscarle con urgencia, puede que entre más se tarde en mas grave el problema.

- No sé dónde diablos se metió, ya fui a misa y de venida aquí no le vi, tiene razón señora Lastenia, voy ahora mismo a buscarlo y mire le pago de una vez el almuerzo de él si llega antes de encontrarlo, le extendió uno de los billetes que la anciana tomo con sus manos arrugadas de dedos torcidos por la artritis y lo guardo en un de los bolsillos del delantal viejo y sucio que escondía un estomago protuberante producto de muchos partos en sus juventud, sus ojos casi blancos por la ceguera, le hicieron un guiño de complacencia y con su mano derecho extendió la señal de la cruz deseándole éxito en su búsqueda.

Camino despacio por la calle empolvada y dividida por florecidos almendros que ya amenazaban con sus raíces las construcciones de bareque que se alzaban a cada lado, el sol pasado el medio día calentaba con más fuerza y obligaba a todos los transeúntes a caminar por las orillas de las enramadas, algunas de ellas atestadas de sillas y mesas donde algunos parroquianos deleitaban un buen guarapo de piña, y otros jugaban al dómino o al zorro y la gallina que entre gritos de júbilo celebraban alguna jugada donde ponían en dificultad a sus adversarios. Pregunto a cuantos lo conocían y nadie siquiera parecía haberlo visto, todos coincidían al final de la tarde cuando la noticia se rego como reguero de pólvora encendida, que la última vez que lo vieron fue sentado sobre el bulto de yuca, tratando de adivinar las piernas de las muchachas que ayudaban a sus padres a realizar las compras.

Se organizo inmediatamente una búsqueda por los alrededores, por las playas vecinas donde acostumbraban a nadar muchos jóvenes que cansados de las jornadas de trabajo de la semana encontraban en los juegos que organizaban en el rio una distracción que los hacía olvidar cualquier dificultad, allí jugaban al soldado libertado, a la lleva y otros tantos juegos donde siempre se lucia el más hábil nadador que se mofaba de sus compañeros durante toda la semana propiciando retos continuos para el fin de semana siguiente.

Durante varios días continuo la búsqueda, incluso por una buena parte de la selva que rodeaba el pueblo, se realizaron diferentes rituales para determinar si estaba muerto, si se había ahogado o si alguna fiera salvaje lo tenía entre sus fauces. Ninguna de estas cosas pudo confirmar con veracidad si se encontraba vivo o muerto, y muchos no lograron ponerse de acuerdo con el resultado de la totuma con una vela encendida que soltaban en la orilla del caño y esta se desplazaba unos metros y luego productos de una corriente submarina de agua hacia que regresara a la orilla nuevamente; los más avezados decían que un espíritu del agua lo tenía cautivo, y que por tal razón el ritual para liberarlo era dejar en lo orilla de la playa una botella de aguardiente con diez tabacos y un encendedor. Que este espíritu se embriagaba y lo dejaba libre, que llegaría sin que nadie se percatara como, al mismo lugar donde su padre lo viera por última vez.

La madre de Eudoro y esposa de Abelardo, no soporto la ausencia de su hijo y se radico en el pueblo, trabajo en el restaurante de la vieja Lastenia y todas las tardes al caer la noche llegaba a la iglesia y se arrodillaba con fervor a pedir a todos los santos que le devolviera a su muchacho. Durante la mañana preguntaba a cuanto viajero o forastero pasara por el lugar por si por casualidad había visto a un joven de contextura mediana, de cabellos negros un poco ensortijados y medio largos, de ojos negros y una sonrisa a flor de piel que era su hijo y que se desapareció un domingo del pueblo.

- Nadie te va a dar razón del joven Eudoro, mujer, es mejor que te vayas para la finca y sigas cuidando de Abelardo, él ahora te necesita más. Le dijo una tarde la vieja Lastenia sosteniendo el tabaco con su dedos y mirándolo fijamente, lo volteaba y fruncía su despobladas cejas en señal de disgusto, luego cerro sus nublados ojos y se lo llevo a nuevamente a su boca.

Después de darle una larga sorbida y de suavemente dejar escapar el humo por sus labios y ante la mirada angustiada de Martina, abrió lentamente los ojos y los clavo en las cenizas que formaban la punta del tabaco, unas lagrimas que al comienzo parecieron imperceptibles brotaron de sus ojos que trato de limpiar con la punta de su delantal; Martina con desesperación le tomo una de sus manos y con los ojos anegados de lagrimas le pregunto.

- Vieja, que es lo que ve, dígame la verdad, si esta muerto o donde esta, quien le hizo daño, y porque él. Le apretaba la mano a la anciana contra su pecho y con desespero esperaba una respuesta.

- Él está bien, o mejor dicho no está muerto pero el problema por lo que lloro es por el daño que Julián va realizar en el futuro, sería mejor que se muriera, sería mejor nunca más volviera pues son muchas las cosas malas que traerá consigo. Y quitándole la mano que Martina sujetaba con fuerza se la llevo a su cara, se cubrió su rostro con ambas manos y se sumergió en un profundo llanto.

Rosa, la india que estaba embarazada y que servía de ayudante, que parecía un anima en pena pendiente de la vieja Lastenia, se aproximo y se interpuso entre la vieja y Martina y tomándola entre sus brazos le dijo a la madre de Eudoro:

- No le pongas atención, esta vieja y siempre sale con cosas que nadie entiende, por favor no le pregunte nada mas, es mejor que le haga caso señora Martina, váyase usted para su finca, que si Eudoro está vivo, más temprano que tarde aparecerá.

Con el corazón destrozado el domingo siguiente cuando Abelardo llego con las cosas para vender en el pueblo, Martina lo acompaño todo el tiempo, no se despego de él ni un momento y después del mercado, compraron las mercancías que necesitaban, luego fueron al santo oficio de la misa y regresaron cuando caía la tarde y una algarabía de garzas, chenchenas y taras despedían el día con pequeñas carreras y aleteos en la playa, todo parecía normal, nada del mundo que ella conocía parecía haber cambiado, pero la ausencia de Eudoro hacia que el mundo ya no fuera igual. Abelardo la veía con ojos tristes porque sabía de su dolor pero no encontraba que decirle, el también estaba sumido en una angustia que no lo dejaba respirar tranquilo; pasaba la mayor parte de la noche en vela y durante el día se detenía para tratar de escuchar el susurro del selva, deseaba fervientemente que por algún lugar de la tupida selva apareciera el muchacho, que le dijera que se había perdido y que ya estaba de regreso, soñaba despierto con darle un abrazo fuerte y hacerle las recriminaciones de rigor por su irresponsabilidad en especial para con su madre. Estas y muchas cosas albergan la mente de Abelardo durante el día y la noche, solo encontraba un poco de paz cuando en la noche se dirigía a la pequeña laguna con algunos anzuelos para pescar, aunque dejaba algunas trampas en l anoche a la orilla del rio, y casi siempre encontraba algún pescado para llevar a la olla, su vieja afición por la pesca con anzuelo y nylon no lo abandonaba.

Durante varias horas permaneció sentado en el pequeño e improvisado bote de pesca, una vieja canoa hecha con el tronco de un árbol y que un indio hábilmente le ayudo a construir durante una semana, no quiso por nada del mundo cambiarla por una mejor construida y más grande tres meses después cuando Eudoro llego con un comerciante. Allí, manteniendo la respiración y esperando que algún pez picara el anzuelo su mente le jugó una mala pasada y lo devolvió a aquellos tiempos cuando llego, recordó porque ese fue el destino que finalmente lo acogió, como fueron esos días de igual angustia que ahora lo embargaban y que terminaron llevándolo a ese lugar, recordó a su madre, la que nunca volvió a ver después de esa tarde y a sus tres hermanitos, a su tía pequeña que los acompañaba y sin darse cuenta estaba su rostro completamente anegado por el llanto.

 

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