El sol salió e iluminó un orfanato de niños minusválidos. El creyente que dirigía el establecimiento llegó para hacer una visita matinal a los niños y halló a Nicolás llorando amargamente. —¿Por qué recordamos que Jesús vino a la tierra cuando aquí todo va tan mal?, preguntó el pequeño lisiado. El creyente, con lágrimas en los ojos, tomó en sus brazos el frágil cuerpo del chico.

Entonces Ana, una niña tan gravemente enferma como Nicolás, pero de más edad, contestó con una dulce voz: —Justamente porque todo va mal, Jesús vino a la tierra.

Ana tenía razón. Podemos agradecer a Dios por haber enviado a Jesús, su Hijo unigénito, por traer la salvación, la paz y el perdón a los hombres. Jesús sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos, pero los habitantes de la tierra no quisieron que Jesús reinara sobre ellos: le clavaron en una cruz y prefirieron seguir a otro amo, al padre de la mentira: Satanás.

Felizmente Jesús resucitó y vive para siempre. Quienes creen en él pueden contar con su presencia y ayuda todos los días en medio de sus aflicciones. Sí, verdaderamente ésta es una buena nueva: Cristo nos ha visitado “para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lc 1, 79). El Señor también prometió: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros… El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn 14, 18.23).

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