El problema es el germen político. España es como  una casa de cristales y espejos; si te pones a tirar piedras, las consecuencias son catastróficas. Y esto es lo que hace nuestro equipo de gobierno. Se empeñan en leyes inútiles que sólo conducen a convertir en insustanciales las que de verdad son necesarias.  Como creen estar en posesión de la sabiduría, cuando cometen un error, tratan de justificarlo, en vez de aprender de él, demostrandonos así  lo necio de su comportamiento. Actúan encaramados a pedestales dorados, buscando el interés propio en vez del colectivo, llegando a olvidar quién les ha puesto donde están. Expulsan su credibilidad sin importarles el hecho de que jamás la volverán a recuperar. No prevén los problemas, permitiendo que estos se magnifiquen y se conviertan en obstáculos insalvables. Olvidan que para ser grande de verdad hay que estar con el pueblo, no encima de él, pisoteándolo con soberbia.
Si equivocarse es humano, perseverar en los errores alcanza el grado de maldad. No se dan cuenta de que para resolver los problemas, hay que cambiar la forma de pensar que se tenía cuando estos surgieron, máxime si el origen de los mismos está en la mala praxis política.
Habría que prescindir de aquellos gobernantes que no pueden hacer nada si no tienen dinero, así como también de los que hacen todo sólo porque vacían las arcas. Los gobernados necesitamos resultados, no que nos cuenten milongas; soluciones reales, no promesas que no se pueden cumplir.
Nuestra obligación es mantener la esperanza, no caer en la desesperación. Debemos luchar contra la corrupción y la ineptitud, o acabaremos formando parte de ella. Pero, sobre todo, no tenemos que consentir que nos sigan timando, porque , tal como dijo Anaxágoras, “ si me engañas una vez, tuya será la culpa. Si me engañas dos, la culpa será mía”.

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