Somos conscientes de que el Señor no pone fin a nuestros males cuando le pedimos auxilio en la tribulación. Nuestros pensamientos no son sus pensamientos, ni nuestros caminos son sus caminos. La hora de Dios no es la hora de los hombres.

Debemos aceptar los designios de Dios con paciencia y mansedumbre. Si el hombre es manso y humilde de corazón, ante las contrariedades no se turbará, no se agitará su alma ante el dolor; y en su interior sentirá un remanso de paz.

El sufrimiento es para todos, para los que creen y para los que no. Sin embargo algunos se revelan contra el sufrimiento, no aceptan la cruz y, ante cualquier adversidad, pierden la fe y se desesperan. Estos son los que despiertan más la clemencia de Dios.

El Señor les llama por su nombre y les dice: Venid a Mi si estáis cansados, si estáis afligidos, si estáis enfermos, porque Yo aliviaré vuestro dolor y sanaré vuestras heridas. Sin embargo ellos se tapan los oídos porque no quieren oír su voz.

Debemos mirar la cruz con amor, y su carga pesada se convertirá en ligera. La cruz es nuestra salvación y la salvación del mundo. La cruz es la señal que nos identifica con Cristo. El es el Cristo doliente que fue crucificado por nuestros pecados.

Esta ciencia de la cruz, que es fuerza y sabiduría de Dios, es muy difícil de entender y más aún de aceptar. De hecho no se  alcanza ni en un día, ni en dos, ni en un año ni en dos; y hay algunos que aunque vivieran cien años no acabarían de entender el misterio salvífico de la cruz

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