Los ecos del Mardi Gras de este año todavía retumbaban en los  oídos de los habitantes de New Orleans, era la quinta  celebración del festival posterior al azote del Katrina. La ciudad  prácticamente estaba reconstruida para el ojo del turista  y  el huracán además de un mal recuerdo  podía  sublimarse   saboreando  un delicioso coctel denominado en su memoria Hurricane.  La Bourbon Street con sus bares de jazz  y blues, los balcones característicos de las casas de estilo  francés, en la noche volvieron a estar atestados de mujeres y hombres  observando el paso de la gente por la calle que después de las 11 de la noche se convierte  en la más  libidinosa  del planeta  y que con  la mezcla de  gastronomía, jazz , licor y la desinhibición es la versión contemporánea de  Sodoma y Gomorra .  La estrechez de la vía , el colorido de sus casas con los balcones de hierro fundido, la iluminación entre obscura y brillante  , con bombillos  de todas las gamas del arco iris  la perfila  íntima y acogedora para liberar  el espíritu hedonístico  que  todos poseemos  ;  quizás es  más  sugestiva  que la misma calle Strip de las Vegas   que con una arquitectura y diseño mucho más moderno y  con espacios más amplios invita otra clase de   placeres menos  románticos y más de metrópolis.  Todo  en Bourbon Street incita al goce íntimo y  pleno  de los sentidos.

En lo personal  Nueva Orleans me despierta ese sentimiento  de curiosidad de lo que pudo haber sido y no fue por haber escogido un camino diferente  dentro de las multiples opciones que nos depara la vida. La primera vez que visite la ciudad hace unos años,  la recorrí con detenimiento como si hubiera vivido toda mi vida en ella  y lo tomé como un  homenaje a mis padres ya fallecidos.  Recordando que cuando apenas era un niño  siendo el mayor de una numerosa y empobrecida familia, mi padre acudió  al  único pariente rico   en busca de ayuda para la educación de sus hijos. El pariente adinerado para la época era un acaudalado hotelero de Nueva Orleans  y  le ofreció a mi padre hacerse cargo de mi formación y educación en esta ciudad. Cuando mi padre   regreso emocionado  con la noticia y se la comunicó   a mi madre ella reaccionó con un portazo y como la leona que defiende sus cachorros con fiereza  rechazó la oferta  y le impidió  cualquier nuevo contacto con el hotelero, ahí terminó mi  infancia y juventud en  Nuevo Orleans.

 En esta ocasión había  regresado  a  la ciudad multicultural para participar en una convención médica en el Morial   Convention  Center , un gigantesco centro de reuniones ubicado en el  Convention Boulevard   sede de la reunión anual  más concurrida en el mundo de los  médicos dedicados al arreglo de los huesos y sus articulaciones . La capacidad hotelera  de la ciudad estaba copada de manera que   solo conseguí  alojamiento  en Kenner un distrito cerca del aeropuerto  Luis  Armstrong a unas 17 millas del downtown  sede de la convención.  Esta ubicación por su puesto era una  incomodidad por la  distancia  que debería recorrer en la mañana  y al regresar en lo noche  después de escuchar algo de ciencia, mucho del marketing   de la salud   y  presenciar  lo  más parecido a  una torre de babel  con médicos de todos los rincones del  planeta  con diferentes lenguas, culturas y hábitos.  Recuerdo  que el primer dia de la reunión   un   musulmán  en plena convención  llegada la hora de sus oraciones ,  se retiró a un hall y de rodillas se dedicó  a elevar sus  plegarias mirando a la Meca ,  su actitud  me recordó  una vez  más  la importancia de la espiritualidad para el ser  humano  y que no discrimina entre pacientes y doctores .

 En medio de tanto ajetreo  daba la impresión que   a este heterogéneo grupo de discípulos de  Galeno, lo  único que  los unía    era su interés por la ciencia ortopédica ,  el inglés  como la    lengua  universal  del siglo XXI y  su afán de comunicarse con sus bases como quiera que a toda hora había fila en  las  numerosas estaciones de internet y el masivo uso de celulares disponibles para todos los asistentes.

Desde  mis años  mozos  me impactó la definición de inteligencia que le aprendí  a “ la bruja Arenas”;  así  apodábamos   todos los  estudiantes  a nuestro   profesor de  sicología en el bachillerato; " la brujita" merece unas cuantas  letras   y  es que era un personaje del  que conservo  especial cariño por su entusiasmo para tratar de enseñarnos  la  filosofía clásica; era un fanático de Heráclito de Éfeso  y  de la sicología Freudiana  que combinaba con su peculiar forma de comunicarse  con los alumnos  con una voz chillona y aguda, en  su cara grande con nariz aguileña utilizaba unas  gigantescas gafas con lupas de lentes y grueso marco negro, era para nosotros lo más parecido a una bruja.  En alguna ocasión tratando de ofenderlo decidimos todos los estudiantes llevar una escoba e intentar volar  cabalgando sobre ellas , la brujita que era más zorro que nosotros,  sorpresivamente   ese día también apareció volando en una escoba  y pasó de puesto en puesto   cabalgando  su propia  escoba , mientras  nos distribuía personalmente   nuestras  pésimas calificaciones del test del día anterior   motivo de  la rebelión  de las escobas  .  El profesor Arenas utilizaba  a diario un impecable vestido de paño  inglés con corbata obscura y zapatos tenis blancos. Años más tarde al observar unas  fotografías   de la brujita   una de mis gomelas hijas    describió  su vestuario  con la jerga de los adolescentes de hoy como: “bella la tu pinta”.    Pues la brujita  me enseñó  la definición de  inteligencia  como  : " La capacidad del ser humano para adaptarse a las diferentes circunstancias que se le presentan".

Con el tiempo  aprendí a utilizar esa  definición de inteligencia para tratar de solucionar los problemas del diario vivir, es una forma de mantener tranquilo mi ego.  Por esta razón tomé mi  ubicación en Kenner como una oportunidad  para  adaptarme a esta situación y de tener un punto de vista de New Orleans diferente  al que tiene el viajero que llega al   Sheraton o al Hilton y se desplaza en carro al Harrah´s  Casino  de la ciudad  uno de los más grandes del mundo que   funciona desde 1822  y  que después  con unos dólares menos es  transportado  al French Quarter  para encontrar la Bourbon Street, en donde  con   unos cuantos collares  de fantasía made in China  se  lleva  la  ilusión  de lanzárselos a cuantas Pamelas Anderson se atraviesen  en la  calle  esperando que ellas en agradecimiento se levanten sus vaporosas blusas  y dejen ver sus erectas siliconas o  que en el mejor de los casos   si el collar es  un Swarouski made in Suiza  o  en cristal  made in Checoeslovaquia  se pueda  aspirar al clímax de la ocasión , permitiendo  una tocadita areolar   .  La verdad las veces que he estado allí,   no he sido afortunado  en ese sentido  y  más bien he salido  frustrado  porque las Pamelas que me he topado,  apenas están en los estudios preoperatorios   para colocarse sus siliconas y la mayoría de las veces son víctimas de las fast food  y del exceso de comida chatarra.

 

El segundo día de la convención después asistir  a unas  conferencias, decidí salir a caminar por la ciudad siguiendo la sugerencia de una  frase famosa en la ciudad: “Para conocer a New Orleans no se necesita un guía sino un buen par de zapatos”.

Empecé por el Riverwalk  un mall a orillas del rio Missisipi donde se encuentran toda clase de comidas, artesanías  con grupos de  Jazz  como fondo musical y con una amplia terraza donde  es posible sentarse para tomar  algo, comer o simplemente para contemplar  el  hermoso rio.  Los barcos y cruceros que se desplazan por su delta  crean un ambiente propicio  ya sea para el romanticismo y el enamoramiento  o  para la meditación y la recuperación  energías y  del equilibrio mental.

Después de una  breve visita al gigantesco Harrash´s casino donde   confirmé  mi mala suerte  en el juego , me dirigí  a la Plaza España para ver partir el ferry que cruza a peatones y vehículos al otra lado del rio Missisipi ,  justo al frente  del Aquarium de las Américas. Continúe mi camino   bajando por Canal Street,  una calle con amplios andenes adoquinados en ambos lados que  permiten  observar la dinámica y el colorido  nocturno  de la ciudad.  Con mi  buen par de zapatos como compañía  en pocos minutos  llegué  al French Quarter  y  me ubiqué con facilidad en  la famosa  Bourbon Street.   En el balcón de una casona esquinera  de dos pisos donde funciona  un restaurante  con vista plena a la calle Bourbon disfruté de su arquitectura y de su ambiente nocturno mientras tomaba  una cerveza y consumía de uno de mis platos preferidos:  El Etouffée que no es más que un arroz con mariscos muy popular en New Orleans al que se le agregan  pimientos, cebolla y apio los ingredientes indispensables en la cocina cajun. La  cuisine de Louisiana  es una expresión de la multiculturalidad de su pueblo y combina platos norteamericanos con platos mediterráneos, es una comida agradable al paladar  que mezcla  esencias con mariscos,  apio, cebolla y arroz   sin el fuerte picante  característico de la comida mejicana.

Con el estomago  lleno,  la noche joven y el ojo abierto me dispuse a disfrutar de un poco de Blues  en uno de los numerosos bares de la calle Bourbón y que   a esa hora  estaban tan congestionados como el transmilineo  de mi ciudad en la hora pico.  El concertista era un maestro obeso  a tal punto que para movilizarlo utilizaban una  pequeña grúa. Gentes de todas de  las pintas  y de variedad de razas entran y salen del  animado sitio , disfruto de un par de cervezas escuchando la música y empapándome del ambiente ; de pronto entra una  voluptuosa turista en tanga  , en su  pequeña tanga negra  lleva un letrero  blanco sobre su pompis :” Do you wanna ride” , nadie repara en ella y cada uno sigue en su ritmo. Miro el reloj , recuerdo  que no tengo ride ,  mi obligación de asistir al día siguiente a la convención y las 17 millas que me separan de mi hotel  en Kenner ;  pudo más mi sentido de responsabilidad  y con remordimiento  por lo animado del momento  abandono el bar  para dirigirme al hotel.

Salgo caminando   del barrio  francés, regreso a Canal Street  y después de medio hora  me es imposible conseguir un taxi, no me  detengo como medida de  seguridad y  continuo caminando    hasta  llegar al Hospital de Tulane University en la calle Loyola donde igualmente  tampoco hay taxis disponibles .  Al frente veo un paradero de buses, le pregunto a un transeúnte y me dice que es la línea de autobuses para el aeropuerto. Cordialmente  me aconseja que lo tome  porque es el último de la noche,  recordando que mi hotel  está muy  cerca del aeropuerto   pago los  dos dólares del pasaje  y me subo al bus del   la ruta   E2 del operador Jefferson con destino al aeropuerto Louis Armstrong.

Ya es la una de la mañana  y es el último línea de Jefferson hacia el aeropuerto, observó los pasajeros del bus:  la mayoría son trabajadores  que salen de sus faenas cansados para dirigirse a su hogar.  EL bus empieza  su recorrido tomando  la ruta por la   avenida Int 10  ; después de unos quince minutos   el vehículo  empieza trastabillar y se  detiene por una falla mecánica, el conductor en su dialecto Cajun  explica  la situación y me informa que pidió ayuda  por radio pero que por la hora esta se va a demorar.

Provengo  de una ciudad  donde el crimen nocturno  no es infrecuente  y mi sentido de paranoia citadina  es grande y en este momento está en crescendo.  Decido abandonar el bus y empiezo a caminar intentando regresar a Tulane Hospital con marcha rápida y miradas para todos los lados con midriasis y descarga simpática  al máximo.  De pronto aparece un taxi como enviado del cielo, hago el ademán de pararlo. Para  mi sorpresa se detiene y acepta llevarme a mi destino; le pregunto al conductor el costo de la carrera y me confirma que son 35 dólares lo cual es el valor justo de acuerdo con la información que poseía.  Con precauciones y siempre recordando a la bruja Arenas decido  subir al taxi, la cabina es oscura y no puedo observar bien la cara del conductor  quien permanece en silencio por unas cuadras, de pronto detiene el vehículo, voltea  su cara hacia mí que me encuentro en el asiento trasero y me dice en un inglés  poco claro : Do you want a Drink ??.

Sin mostrar desconcierto y con aparente tranquilidad rechazo la invitación y le explico que mi único  deseo es ir al hotel para descansar un poco. En mi interior la paranoia citadina está en el  clímax, experimento la adrenalina que disfruta el  practicante de un deporte extremo.  El conductor pone en marcha el vehículo  y unas cuadras adelante, balbucea unas  palabras que no comprendo , lo único que entiendo es sorry ;  se desvía de la ruta  por unas oscuras calles y frena violentamente debajo de un puente,  se baja del vehículo  dejándome  solo,  pasa una calle  y  se ausenta durante 10 largos minutos. Cuando regresa  le observo su rostro tranquilo y  en su mano trae una botella de agua la cual me ofrece y acepto para no pasar por descortés.

Reinicia la marcha y me decido  a interrogarlo ya con más confianza , me cuenta que es un ciudadano jordano con residencia en New Orleans en los últimos 20 Años  ciudad a la que ama y considera  el mejor vividero del mundo , mejor aún  que su natal Amman  la capital de  Jordania  o que Cincinnati en Ohio donde tiene familia y  a donde se desplazó por dos años  obligado después de la tragedia del Katrina.  Por eso regresó a New Orleans  tan pronto se lo permitieron.  Más tranquilo y con la frecuencia  cardiaca normal continuo mi  conversación  con el taxista;  siempre he pensado que  charlando con los taxistas se  conoce mejor una ciudad     y  se puede  estar más próximo  a la realidad   que  si solo contamos con  la información turística  desplazada en la web . Me habló de su mujer  Cajun  y de sus dos hijos. Empiezo a observar  que da vueltas innecesarias  , que  se desvía por parajes  y vías  solitarias; de pronto nuevamente  balbucea unas palabras indescifrables, tal vez en árabe , detiene su vehículo y se inclina para sacar algo  debajo de la silla vacía del copiloto.  Mi paranoia y la filosofía de la bruja Arenas han agotado mis depósitos de  adrenalina de manera que espero con tranquilidad que va a pasar. Finalmente Abraham  como se llama el conductor saca  su empolvado GPS  y me explica   que esta perdido porque esa ruta es inusual para él. Instalamos el navegador y en pocos minutos  llegamos al hotel.  Al bajarme del taxi  voy a cancelar el valor del servicio y Abraham  se niega a recibir los 35 dólares de la carrera y me pide disculpas por lo accidentado del recorrido. En compensación y con una sonrisa en la cara lo invito a un drink en el bar del hotel, acepta compartir una cerveza, me da su  teléfono  ofreciéndome su amistad y sus servicios y me hace prometerle que en mi próxima visita a  Nueva Orleans  le acepte una invitación a su casa para  compartir  una comida típica de su natal Jordania   .   Ahora entiendo el  " Take it easy" de la gente en New Orleans y porqué Louis Armstrong terminaba su correspondencia con la invitación: “Red Beans and ricely yours”.  

  NEW ORLEANS MARZO  2010.

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