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No es ninguna novedad que desde la decepción de algunos cristianos se quiera plantear la posibilidad de vivir el cristianismo al margen de la Iglesia católica. Especialmente los jóvenes son quienes dicen que creen en Jesucristo, pero no en la Iglesia.

Algunas veces, esta reacción viene provocada por una desvinculación voluntaria y, otras, porque se sienten marginados en una Iglesia que no los entiende y no hace nada por comprenderlos. Pero, desgraciadamente, el problema no lo tienen sólo los jóvenes, sino muchos otros cristianos que no terminan de encajar en la oficialidad del Magisterio y de la Jerarquía católica.

En realidad, la sola posibilidad de que haya gente que se plantee el pensar en Jesucristo, al margen de la Iglesia, es ya una señal lo suficientemente significativa como para que los pastores se pregunten el porqué de esta crisis demasiado generalizada.

Que la Iglesia necesita a Jesucristo es una evidencia sobre la que no cabe ningún tipo de dudas, pero que Jesucristo la necesite a ella, es otra cosa muy diferente. Que Jesús actúe en la Iglesia es más que una obviedad, es una experiencia personal de fe. Pero, igualmente, Jesús actúa fuera de ella, por otros muchos medios, inalcanzables incluso a la propia razón humana.

Los jóvenes no terminan de ver a un Jesús "eclesial". Ellos desean encontrarse con Jesús, pero desde una experiencia personal de fe, y no con intermediarios. Es más, se sienten vinculados a la persona de Cristo pero, sin estar ni participar en esta Iglesia, que dice creer en lo mismo que ellos, aunque no puedan dar crédito.

El problema de fondo es que ni estos jóvenes, ni otros muchos cristianos se sienten Iglesia, o al menos miembros de esta Iglesia que no se ocupa de ellos. La propia estructura eclesial les crea rechazo y no les convence, por eso necesitan buscar fuera de ella lo que la Iglesia no es capaz de ofrecer; y dicen que la experiencia de Jesús pueden vivirla al margen de la institución.

Si existe crítica a la Iglesia, por parte de los jóvenes o de otros sectores y comunidades, es porque verdaderamente les importa. Detrás de esta reacción se esconde una doble pregunta muy importante: ¿qué esperan los jóvenes de la Iglesia? y ¿qué ofrece la Iglesia a los jóvenes? El problema es que, hoy por hoy, no hay respuesta a ninguna de las dos cuestiones, porque de esta Iglesia, los jóvenes no esperan ya nada y, por eso la Iglesia no tiene nada que ofrecer para que no se vayan a buscarlo fuera.

A Jesús se llega a través del testimonio y de la fe de los otros; a través del ejemplo de vida y el compromiso de otros cristianos, o de otros hombres que, simplemente, han escogido el camino del amor y del servicio, aunque anónimamente no lo sepan. Ahí, también está presente el Espíritu de Jesucristo dando vida, y es posible percibirlo desde un corazón de carne.

¡Cuántas veces, estos cristianos implícitos, dan mejor testimonio que los que explícitamente levantan la cabeza con orgullo para declarar su pertenencia a la Iglesia! No olvidemos que la Iglesia no es un fin en sí misma, sino una mediación para la Salvación. Es decir, lo importante es que el hombre se salve, independientemente de si lo hace en o por la Iglesia. Al igual que tampoco es garantía de nada, el hecho de vivir la fe en Jesucristo dentro la Iglesia.

La Salvación ya ha sido ofrecida al hombre a través de Jesucristo; y digo bien a todo hombre, no sólo a los católicos que forman parte de la Iglesia. La Iglesia no es la administradora en exclusiva de los "bienes del Cielo", eso es algo que le compete sólo a Dios, que los da a quien quiere, como quiere, donde quiere y como quiere.

En la Iglesia se debe poder escuchar de nuevo el mensaje de Jesús, que entusiasma, seduce, y transforma el corazón del creyente. Cuando la voz del Papa, del Magisterio o de los obispos se escucha más fuerte, acallando la voz del propio Evangelio, entonces no cabe duda de que algo está fallando y, por esa razón, hay que ir a buscar a Jesús fuera de ella, o al margen de su propia estructura.

La eclesialidad no es una consecuencia por formar parte de la Iglesia, sino por haber hecho la experiencia de Jesús a través de otros creyentes que, sintiéndose parte de la Iglesia, han sabido transmitirla. El abandono de la Iglesia no es culpa de Jesucristo, sino de la propia Iglesia, y de nadie más.

La gente tiene sed del Dios de Jesús, pero si la Iglesia es un obstáculo para eso, es normal que haya que salirse para encontrarse con el Señor. Las pretensiones de Verdad y exclusividad de la Iglesia han provocado que la Iglesia haya acaparado en exceso a Jesús, atándolo corto y sin dejarle margen para que, a través de su Espíritu, pueda manifestarse a todo hombre que busque a Dios con sincero corazón.

La indebida apropiación que hace la Iglesia de Jesucristo, ha terminado por reducirlo a lo que no es. Dios es inabarcable, por eso hay creyentes que necesitan salirse fuera para ir a encontrarse con el verdadero rostro del Hijo hecho hombre.

¡Qué paradójico resulta todo cuando, desde fuera, se viene a la Iglesia para anunciarle el mensaje del Evangelio, pero desprovisto de tanta adherencia espúrea!

Fausto Antonio Ramírez

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