Dicen que a veces las crisis son necesarias. Esta en la que nos hayamos inmersos desde hace algún tiempo es, al menos, impuesta, con lo que no queda más remedio que llevarla a cuestas hasta que termine. Quizás también nos haga reflexionar sobre ese modo de vida que nos han enseñado, o mejor dicho, nos han programado en nuestros cerebros: un modo de vida consumista en el que encontramos la felicidad o pequeños placeres con nuestras adquisiciones materiales, utilizando ese papel tan querido llamado dinero, símbolo del poder y del status desde siempre. La escasez de éste -los bancos lo guardan celosamente no sea que no se te ocurra devolvérselo-, nos obliga por fuerza a cambiar nuestros hábitos y adaptarnos a una nueva situación más humana seguramente, más rigurosa en cuanto a lo que podemos obtener del mundo que nos rodea. Más humana porque hemos evolucionado a lo largo de miles de años adaptándonos siempre a un entorno hostil y en el que necesitamos la cooperación de otros individuos para la mera supervivencia. Esto me hace recordar que leí una vez sobre unas trampas para capturar monos que consistían en unos cuencos llenos de manises con algún alimento dentro y sujeto con cadenas o cuerdas a un pared o grandes piedras. El mono metía la mano abierta en el cuenco pero la mano llena de manises ya no podía salir, imposibilitando su huida. Así, el mono, sin capacidad de analizar la situación y sin dejar de renunciar a su gran tesoro, era capturado. Seguir esperando que los billetes empiecen a fluir de un momento a otro, sería algo así como el pensamiento del mono con la mano llena pero preso, sin posibilidad de escape, con la pérdida de su libertad y quizás de su vida. Somos esclavos de nuestros pensamientos, ellos, que nos han llevado a lo más alto, también nos conducen a la ruina.

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