El hombre atraviesa a lo largo de su vida por un considerable número de situaciones llamadas crisis. Algunas de estas crisis, la mayoría, son injustificadas. A menudo el estado de ánimo abatido o depresivo hace que veamos la realidad de una forma distorsionada, que nos hacen ver situaciones conflictivas donde sólo hay rutina. Otras veces se viven momentos lo bastante trascendentes como para creer que se trata de crisis justificadas. Una misma realidad puede ser vivida como muy grave por una persona y como intrascendente por otra, la diferencia vendrá dada por la perspectiva.

Hay personas optimistas que soportan situaciones difíciles con mucha más facilidad y sin darles importancia. Los pesimistas tenderán a ver la situación con una perspectiva más negra y a ver conflictivo algo que para los demás no tiene importancia.

Muchas personas, al sufrir una crisis existencial, se cuestionan todo lo que supone su mundo. Una persona en situación de crisis personal puede plantearse dejar su trabajo, dejar a su familia, cambiar de residencia, alejarse de la sociedad, cambiar de amigos, etc. No se siente bien, no le gusta la vida que hace y tiende a exigir un cambio.

A menudo, las crisis se ven como situaciones indeseables de las que es aconsejable huir. Sin crisis no habría progreso. Todo paso hacia una situación mejor está precedido, por una crisis, del mismo modo que una crisis puede ser, el precedente de una situación no deseable.

Muchas conductas y actitudes relacionadas con la convivencia de la pareja se adoptan como consecuencia de la existencia de una situación de miedo a la aparición de un conflicto. El miedo a la crisis es el primer paso hacia el aburrimiento, en la medida que por una causa se renuncia a plantear lo que no satisface en la relación, se comienza a disimular los disgustos, a esconder los desacuerdos y a disfrazar los desengaños, actitud que aleja considerablemente a la pareja y hace perder de vista a sus miembros lo que uno espera de otro. Para evitar los conflictos se entra en una situación anodina y frustrante. Se ha mitificado tanto la buena convivencia como el objetivo más importante en una relación que se ha inmolado el propio modo de ser, de pensar y de sentir; todo parece justificado para evitar una tensión: una pareja no fracasa si se produce una ruptura, fracasa si no es feliz en su convivencia.

La crisis no es el único modo de resolver los conflictos de una pareja, la comuicación y el diálogo, la confrontación de opiniones y los deseos de satisfacer las necesidades del otro, así como el establecimiento de una mútua actitud de apertura y de manifestación de las propias necesidades, posibilitarán la resolución de muchos malentendidos, de situaciones de desacuerdo y de conflicto que, si existen las citadas premisas, no llegarán ya a ser tales.

Los motivos de crisis que pueden afectar la convivencia de una pareja tienen dos procedencias: las derivadas de problemas de convivencia y las que provienen de circunstancias ajenas a la propia pareja.

crisis de pareja

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