Óscar Reyes

 

En La Tercera Vía, El Futuro de las Políticas Radicales, Anthony Giddens advierte que, gracias a la globalización, los organismos sociales han incrementado su inteligencia colectiva y ahora poseen mayor grado de reflexividad social.

 

Estamos pensando cada día más como un macro-organismo, y las ideas recorren las redes de comunicacionales  globales como los impulsos en un racimo de neuronas. Las mismas respuestas a problemas comunes como la pobreza o el deterioro ambiental, surgen simultáneamente en América Latina en los estudios de Bernardo Kliksberg, en los de Martha Nussbaum en Canadá o en los de Muhammad Yunus en Bangladesh.

 

Por otro lado, los especialistas admiten una crisis generalizada e interdisciplinaria: todas las disciplinas están en revisión permanente de sus paradigmas (Kuhn dixit). Eso quiere decir que la porción de mundo de la cual esas disciplinas se ocupan está en crisis. Si ampliamos el razonamiento, llegamos a la perogrullada de que el mundo entero vive una gravísima crisis económica, ambiental, educativa, social, etc.

 

Una crisis es un acto de percepción: es mi Yo el que percibe la crisis. Una crisis ocurre, decía William James, cuando una serie de ideas y conductas que nos servían para manejar nuestra realidad, dejan de funcionar. Es un sentimiento molesto, pues debemos reconstruir esas creencias que constituyen las bases de nuestro Yo y que nos dan autoestima.  Debemos buscar algunas otras que nos permitan reparar nuestro Yo.

 

Imaginemos una crisis que es percibida por toda la Humanidad, siguiendo a Giddens. El malestar es mundial y los intentos de corrección chocan los unos con los otros, de acuerdo a las visiones e intereses de cada grupo, país o individuo. Pero el organismo colectivo ya sabe que sus células están mal organizadas, y que debe haber una reingeniería de los paradigmas colectivos. Esa, a mi juicio, es una de las bases fundamentales de la crisis global, el hecho de que la percibimos todos, cada vez con menos dependencia de las posiciones socio culturales en que nos movamos, porque es un proceso ubicuo: está en todos lados.

 

El esfuerzo que desde la esquina de mi casa hasta en el FMI o la ONU debemos emprender como Humanidad, como organismo colectivo, para corregir esta crisis, es una lucha histórica tan colosal como la creación de las democracias en el mundo, el avance de la ciencia, el surgimiento de los estados nacionales o la reducción de las guerras ad mínimum. No es algo sobrehumano, es simplemente el tipo humano que ahora somos. Nuestros hijos vienen equipados con sensores —con cerebros—, para actuar en esta realidad, para responder en medio de esta crisis.

 

Tal vez nuestro trabajo consista en unir armoniosamente el mundo que creamos con el mundo que dentro de algunas décadas abandonaremos, el que heredarán ellos.  La inteligencia que tenemos ha de haber crecido en nosotros por algo. Hay que emplearla o se va a atrofiar, según nos advirtió Darwin.

 

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