La convivencia representa una ligera distorsión de la realidad afectiva. En la actualidad son muy pocas las parejas que aceptan vivir con uno de los padres aunque, últimamente, la imposibilidad de encontrar viviendas adecuadas provoca la aparición de más casos de los que se producian hace quince o veinte años.

El paso entre mantener una relación de amor, de comunicación y de proyecto afectivo común y el hecho de establecer una convivencia estriba en afrontar la cotidianidad. Mientras una pareja no haya decidido convivir, los espacios de relación aparecen siempre en condiciones de excepción, se comparte un domingo, una noche, un fin de semana o unas vacaciones; la vida cotidiana solo se comparte cuando se inicia la convivencia estable.

El establecimiento del hogar supone una doble desición; por un lado lo que se refiere a la convivencia entre dos personas y, por el otro, lo que se refiere al hogar como vivienda. Con frecuencia se desea tener todo resuelto al iniciar la convivencia y ello implica inquietudes sobre el cumplimiento de las entregas o los encargos y, también, las lógicas disputas entre los miembros de la pareja a la hora de elegir un mueble, el color de una pintura o las prioridades que deben aplicarse al empleo del presupuesto disponible.

Puesto que la pareja puede no tener deseos de intervenir en desiciones que afecten a la instalación de su hogar, pueden dejar que los respectivos padres acepten la responsabilidad y tomen decisiones que, normalmente, deberian tomar ellos; si eso sucede será muy dificil conseguir que respeten la intimidad de la pareja. Hay padres que consideran que solo ellos hacen bien las cosas y no tienen capacidad para dejar actuar a los hijos. Los padres tienen que aprender a aceptar los posibles errores que puedan cometer sus hijos al tomar sus decisiones, que sin duda serán insignificantes comparadas con la tarea de iniciar una convivencia.

Convivencia en pareja

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