En un mundo infectado por conspiraciones frecuentes, en el que las teorías del caos abundan sobremanera, y donde nadie es capaz de resolver por sí mismo sus dudas acerca de la continuidad de la cotidianidad más absoluta, parece certero pensar que todo lo que oímos pervierte de una fuente conocida y verdadera.

Lo que no deja de sorprender es que la mayoría haya crecido y creído desde siempre en algo que los medios se han acostumbrado a revelar con un temor reverencial; y es nada más y nada menos, que aprender a sacar las conclusiones que mejor se adaptan al sentido de nuestra existencia, es decir, todo lo que nos hace mejores y que nadie enfrenta ante nuestros miedos. Creer es poder, y poder es desentenderse de todo lo que nos llega, de todo lo que parece sacado de una noticia de un domingo por la tarde, y convertido en una verdad absoluta, o que quieren hacernos pensar que se cuenta de una manera tan real, que no tiene contraprestación posible. Y somos nosotros los que participamos de nuestra mentira, y los que tenemos la conciencia tranquila al creer que la información se muestra tal y como es y, sin permitirnos indagar en la cuestión, dan por terminada la aclaración pretendiendo que mantengamos la compostura.

Hace poco fue el accidente de avión en los ALPES franceses, en lo que pareció un ataque al piloto, que no podía ni hubiera querido defenderse; tras muchos ataques ante lo que parecía una muerte anunciada. La información está ahí, nada aclaratoria. O mejor aún, la desafortunada intervención de cierta presentadora de un programa televisivo aludiendo al increíble poder de la cáscara de LIMÓN, que curaba el cáncer. ¿Durante cuánto tiempo estuvieron agotados en los supermercados de tu barrio?

Uno se aferra a lo que ve, y queda absorto ante lo que oye.

La conspiranoia

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