Casi siempre educación es igual a DISCIPLINA. Y en las aulas no es fácil hacerse respetar. Los prejuicios que, como alumnos, tenemos hacia los educadores convierten en un concepto erróneo la verdadera tarea del que enseña. Los estereotipos demasiado agresivos no dejan que la relación entre alumno-profesor llegue a prosperar. La forma de uno y el poco interés de otros en las AULAS lastran el difícil cometido de conseguir alcanzar puntos en común que faciliten la docencia.

El respeto marca el límite entre la autoridad y la disciplina. A los PROFESORES más vulnerables se les termina odiando, se rechazan sus enseñanzas y su persona no ilustra su voluntad de enseñar, más bien se convierte en alguien que no se complace de hacer su trabajo, el rol cambia y el alumno lo dirige a su voluntad.

La profesionalidad del docente debe ser del tipo de persona que no permitan que lo vean como a un amigo, que realice su trabajo de una forma regular sin compartir las distracciones de un alumnado a veces demasiado cómplice de sus acciones.

La autoridad y la disciplina se deben expresar a la hora de comunicar de tal manera que el que enseña es fiel a su base docente, cree lo que cuenta, y no le sobreviene la duda. Un profesor locuaz que sabe transmitir es siempre bienvenido en los círculos de alumnos que son más perezosos. Si ocupa su tiempo en dar a conocer lo que sabe, inicia un aprendizaje bidireccional que le ayudará a mejorar como persona.

Los argumentos de los que se debe servir el docente son aquellos que pueden sembrar dudas, aquellas incógnitas más frecuentes para el alumnado más escéptico. La autoridad se gana explicando y debatiendo, nunca zanjando la conversación sin dar la oportunidad de defenderse.

Si se emplea el típico toque de atención, para aplicar disciplina, éste debe venir dado con un cierto rigor. Una llamada al orden debe consistir en la manera en el docente pone de manifiesto su descontento hacia el alumno. Un aviso nunca tiene las mismas consecuencias, pero el docente usará las cartas que tiene en su mano para convencer de que la situación no se repita.

Nunca el favor del profesor debe significar la victoria del alumno. Las euforias innecesarias pueden desviar la atención del profesor y confundirlo en el objetivo de impartir disciplina.

Disciplina en las aulas

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