Conquistando Cátedra

Recuerdo a Mariano Melero chapetón de figura rechoncha, de baja estatura, de abundante y ondulada cabellera negra, que se agigantaba más con su voluminoso cráneo. Sus ojos recordaban sus ancestros moriscos, enmarcados en una piel aceitunada de párpados pronunciados, y profundas sombras, propias del andaluz, tomando el aspecto al verlo de lejos, de un mapache que se aproxima. Sobresalían de su humanidad sus cortas y rollizas manos de largas y afiladas uñas, adecuadas éstas para entonar baladas y tocar tiple o para hurgarse apropiadamente no sé cuántos o cuáles orificios, porque de lo contrario, a parte de ser orgullo y vanidad femenina, no le encuentro otro uso conveniente a tan insólita costumbre.

Notoria en aquel peninsular su indumentaria, por lo ajustados y ceñidos a su cuerpo que acostumbraba usar sus vestidos, en especial aquel gris plomizo, cuya chaqueta la adornaba por sus bordes y a lo largo de la solapa un cordoncillo negro, propio de maletero de hotel. Prenda tan corta aquella chaquetilla que escasamente le llegaba un poco más abajo de la cintura, quedando grotescamente expuesto y a la vista, el circular rabo del educador.

Las cortas mangas dejaban brotar rebosantes los amplios puños blancos de la camisa, trancados por unas exageradas mancornas de ojo de buey doradas. Remataba aquel feroz atuendo, calzando unas botas cortas de punta semicuadrada y tacón medio, aumentando su angustiosa estatura y dándole un aire de bailarín flamenco tipo bonsái.

Al principio, dictaba el español la atormentadora cátedra de cálculo infinitesimal, que fue extendiendo durante su permanencia a otras áreas educativas en colegios vecinos. Grandioso era el dinamismo y la energía que se le despertó al conquistador en estas redescubiertas tierras americanas. Impulsado, trasladó sus operaciones negocio-educativas inicialmente al colegio Nuestra Señora de la Paz, centro escolar de niñas y señoritas localizado diagonal al nuestro, e instalado allí poco tiempo atrás, dirigido por su propietaria doña María Rojas, ( que no tenía nada que ver con Lastenia ) quien compartió y estuvo de acuerdo con la idea de fomentar una inter-relación de los adolescentes de los dos planteles, tema promovido por el Ibero.

Integración iniciada primero a través de una figura llamada “Centro Literario”. Anheladas reuniones, no propiamente por la exposición de los trabajos escolares preparados para tal fin, sino por ser jornadas propicias al intercambio mutuo de lucimientos e impresiones con el sexo opuesto. Convirtiendo con el tiempo al evento en “Centro Social de Diversión”. No pocos fueron los profesores de aquí que llegaron allá, profesoras de allá que llegaron aquí. También por supuesto hubo noviazgo que viene, noviazgo que va entre aquellos colegiales vecinos.

Posteriormente, don Mariano con más confianza del medio, en compañía de su compatriota el manchego “Pachito” González, tío político de Pilar, quien había permanecido en el colegio con el apegado cargo de Vice-Rector muy disciplinado y obediente, en una especie de estado de hibernación durante largos años, posiblemente en espera de una señal, de un Mesías, finalmente se arriesgaron y juntos montaron un pequeño establecimiento de altos estudios académicos, así llamado en la Calle 62 detrás de la estación de bomberos de Chapinero, lateral y sobre el callejón del teatro La Comedia, hoy Teatro Libre.

Obligados, o mejor presionados, o quizás aconsejados sobre la importancia de tomar cursos extras para equilibrar las palpables deficiencias matemáticas que nos desvelaban, de tarde en tarde y al anochecer unos cuantos despistados nos reuníamos en aquel improvisado lugar. Venían alumnos y alumnas de diversos planteles, cobijados por la influencia persuasiva del catedrático. Reunidos en cursos mixtos para nuestra agradable sorpresa, circunstancia que sirvió para aumentar el número de estudiantes al Centro de Altos Estudios, C.A.E., ante la perspectiva de una agradable convivencia, así no se acabaran de entender plenamente tan martirizantes y ásperas materias, que a Newton Isaac tanto lo divirtieron.

Con bromas y ademanes amables el profe Melero nos recibía en su establecimiento, aparentemente contento y desparpajado exponía su cátedra. Complementada por “Pachito” su socio, siempre tan centrado aquel señor, tan circunspecto, tan elíptico, inclusive su cabeza, con una mirada de Pierrot, nostálgica de inspiración modiglianesca. Su bigotito cenizo triangular muy bien podado, donde no cabía un pelo fuera de lugar. Y sus elefantinas y dumboides orejas que acababan de complementar su aspecto melancólico.

Pareja de personajes que reflejaban plenamente al famoso hidalgo y su escudero. Continuaron dictando clases largo tiempo, después de habernos graduado; con tanto éxito, que posteriormente fundaron aquellos españoles como sus antepasados en estas tierras de Indias, no pueblos ni ciudades, otra vez, sino su propio, prospero y lucrativo plantel.

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