La conciliación de la vida familiar y laboral

El tiempo marca nuestra vida, y parece que en nuestro país, además, la dificulta. Y es que la CONCILIACIÓN de la vida laboral con la personal es aquí más complicada que en otros lugares y, además, castiga de manera especial las mujeres.

En el Estado español, las jornadas laborales acostumbran a ser muy largas, con una pausa muy grande para comer. Este hecho condiciona el resto de horarios. Los comercios abren hasta tarde, las comidas y las cenas se hacen a horas intempestivas y la hora punta de la tele coincide con el momento en que la mayoría de europeos ya se están poniendo el pijama. Este ritmo comporta menos horas de sueño —dormimos 50 minutos menos que al resto de Europa— y perjudica la salud, especialmente de las mujeres — las españolas son las más estresadas de Europa—, que continúan asumiendo la mayoría de las tareas del hogar. Las mujeres duermen más horas que los hombres en todos los estados de Europa. En general, “las mujeres españolas hacen menos ejercicio, duermen menos y tienen peor salud” que las del resto de Europa.

Otra consecuencia de nuestro modelo horario es que comporta una baja productividad LABORAL. Así, a pesar de que el Estado español es uno de los miembros de la Unión Europea donde la gente trabaja más horas, la productividad por hora trabajada es la más baja. En nuestro país sólo aprovechamos un 65% del tiempo al trabajo. Esta productividad tan baja se debe a problemas operativos y de planificación, típicos de los países del sur de Europa.

El Estado español representa de manera perfecta el llamado modelo social mediterráneo, que se caracteriza por jornadas laborales largas, horarios muy rígidos, disponibilidad total de las personas al trabajo y un sistema de provisión de cura y bienestar centrado más en la familia que en recursos comunitarios. Este modelo, que se contrapone al nórdico, es muy poco eficiente y muy poco equitativo socialmente.

La incorporación masiva de las MUJERES al mercado laboral durante la segunda mitad del siglo veinte no fue acompañada de un reparto más equitativo de los trabajos de casa entre los hombres y las mujeres, de forma que se produce el que se denomina la “doble jornada” y, de manera más general, la “doble presencia”, que es el término que describe la dedicación mental a las tareas de atención, que también tiene lugar mientras se realiza el trabajo asalariado. El especialista destacó que “hemos pasado de una sociedad industrial a una sociedad del conocimiento, pero continuamos con horarios de la era industrial”. Y en este cambio, las que han salido más perjudicadas han sido las mujeres.

Una consecuencia de esta desigualdad es que hay un porcentaje muy elevado de mujeres que acaban trabajando en tareas que no les corresponden por su formación y experiencia. Si las mujeres hicieran el trabajo que les toca por formación, aumentaría un siete por ciento el producto interior bruto de nuestro país.

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