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¡No se compra amor ni afectos!

Existe una perversidad manifiesta entre los que pagan para obtener afectos o, favores de tipo carnal, se desarrolla un vínculo entre ellos, un círculo vicioso donde se lesiona la dignidad del ser humano por partida doble, el que en cierta forma tiene los recursos y el otro que “vende” por conveniencia, ignorancia, (“”) o aviesa forma de obtener una prebenda que lo libra de accionar cualquier esfuerzo conducente a suplir sus necesidades de forma ética, digna.

En esta forma de “esclavitud” son proclives a caer, además de los empleados que están bajo la autoridad de un jefe tiránico, los hijos que tienen unos padres que practican la dádiva, el regalo, el chantaje de forma desprejuiciada, carente del sentido de la responsabilidad para obtener una obediencia sin cortapisas, el miembro de una pareja, quien no produce ingresos para aportarlos a la unión, acogiéndose sanganamente a la “generosidad” de su contraparte y otros que prefieren recibir oprobiosas limosnas, antes que ganarse la vida como Dios manda, en correspondencia con la equidad.

Lo más lamentable, es que los sometidos a este tipo de subsistencia, para calificarla de alguna manera, justifican su proceder con la mirada pegada al suelo, argumentando acerca de su preciosa habilidad para obtener “beneficio” del proveedor, celebran su astucia para pasársela bien sin trabajar o, cualquier otro artilugio para no afrontar sinceramente lo inicuo de su condición.

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El planteamiento

Entonces bajo este planteamiento existe una presunción de que; el que posee el capital para controlar a los demás, considera que es dueño de un poder ilimitado y, en gran medida el afecto o la admiración que no les es propio conseguirlo por vía válida y normal, como obtener el atractivo, la inteligencia y, la emoción sana.

Infortunadamente, más pronto que tarde, descubrirán que el afecto y el amor pagado son; el producto de un interés mezquino y fraudulento como la apariencia falsamente original de la pirita (falso oro), dejando solo el patetismo de una falsa ilusión de suntuosidad. Cuando llega este indeseado momento, hay quienes insisten en reforzar la práctica de seguir proviendo recursos materiales; mientras que otros montan en cólera por la “generosidad incoada” que no reportó ningún beneficio, despotrican, descalifican, llenando de improperios a sus “victimas” hasta llegar a calificarlos de traidores imperdonables.

Conclusión; sin ninguna duda estamos seguros que a las partes en cuestión les iría mejor, internalizando que las cosas verdaderamente importantes de la vida, se alcanzan con esfuerzo y emociones sinceras. Pero; ¿quién saca de sus treces a estas personas de convicciones equivocadas? Recordemos el dinero, la plata no hace la felicidad… la compra ya establecida.

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