Como un autómata

Recuerdo hoy con verdadera repugnancia “El Fumadero”, y sin embargo qué contentos nos sentíamos allí, en aquel lugar, rincón esquinero del corredor periférico que a lo largo de la casona campestre, sede del colegio, la envolvía.

Espacio “chicotero” asignado por las inspiradas directivas (vanguardistas) del plantel, para satisfacer las exigencias y actitudes modernas de aquellos bisoños y atolondrados jóvenes, considerados erróneamente adultos cuando la mayoría de edad por ley era a los 21, donde oficialmente se empezó a consumir aquel absurdo y vicioso hábito del cigarrillo.

El fumar para la época era sinónimo y equivalencia de prestigio, de clase, de éxito, símbolo de estatus, no solamente en estas tierras criollas, sino a nivel internacional se tenía tal opinión. Las películas que se presentaban, fuesen gringas, francesas o mejicanas ameritaban la consideración, sus protagonistas aparecían con los cigarros insertados en kilométricas pitilleras de carey para las divas y los galanes con sus chicotes a medio consumir, peligrosa e inexplicablemente sostenido en la comisura izquierda de su boca a punto de caer, con ceniza y todo, de no ser por la contrarrestante mueca niveladora. Y así toda la cinta.

El terrible daño a la salud causado por el consumo del cigarrillo, era ignorado o desconocido socialmente, en todos los lugares fuesen públicos o privados, se disfrutaba plenamente de su compañía. La conciencia y prohibiciones de su uso y abuso vendrían después, en una cacería de brujas que no se detiene, mientras tanto, para aquellos imberbes de los años sesentas, se convertía en un ansiado y anhelado privilegio. El estar presente en “El Fumadero”, el permanecer allí a la hora del recreo en el lugar reservado solamente para los grandes, llamados así los estudiantes de los dos últimos años, quinto y sexto de bachillerato, era el encanto y la fortuna, ¿qué más se podía pedir a la vida en aquel momento?

Malestar no se experimentaba, tampoco causaba en ningún momento aversión, los chiros y sus humanidades impregnadas del hedor nicotinezco, agrio que siempre emana y en todo sitio delata al fumador, por esa permanente e incisiva penetración embalsamante que logra el humo apestoso al envolver a la víctima en su manto como una sepulcral mortaja.

Hoy tardíamente, conscientes del daño que causa y con una sensibilidad olfativa deteriorada, sin embargo, nos causa nauseas y descontrol ese olor acre que llega intermitente por oleadas, a manera de señales impúdicas desde un lejano cenicero atestado de trasnochadas colillas, rebosante de ceniza y escoria que de la reunión de la noche anterior de la hija adolescente, ha quedado descuidadamente abandonado por ahí, debajo de cualquier mueble arrumado.

De aquel complejo periodo formativo, de experimentales cigarrillos, permanece el recuerdo de la fiesta de disfraz en la que deambulé como un autómata, toda la noche o parte de ella, “por culpa de la escasez de rinocerontes” como dicen unos admirados genios en uno de sus clásicos, en este caso no fue por los rinocerontes, sino por el respetado cigarrillo.

Obligado ante las circunstancias, por el compromiso que el mayorazgo imponía y en el fiel cumplimiento de la misión de guardián del honor familiar, acompañé a regañadientes a mi hermana Martha, quien días atrás había sido invitada por su queridísimo novio a una tediosa reunión decembrina.

Condicioné mi asistencia y acompañamiento inicialmente y de forma perentoria, bajo cualquier situación, a la de no disfrazarme por ningún motivo. No obstante, el destino tiene el control, al llegar aquella noche a la reunión, en la entrada misma de la fiesta, tuve la primera sorpresa, me recibió muy amable una criatura angelical y delicada, así lo percibí, que aún después de tantísimo tiempo transcurrido, su recuerdo vivo e imborrable conservo. Con gran desparpajo, risas y picardía propios de su juventud, me invitó a seguirla al segundo piso de la casa, para alistarme según ella de alguna forma y ponerme acorde con la informalidad del momento, lo primero fue colocarme mi chaqueta blazer de orgulloso paño inglés por su revez, y yo como un cordero sacrificable del templo, obedeciendo hipnóticamente las órdenes, extasiado, sin comprender el espejismo que se materializaba. Tomando luego un corcho, hábilmente lo ahumó, quemando la punta de éste con la llama de una vela y procedió a embadurnarme suavemente con él toda la cara del tizne pastoso resultante. Con la ayuda de un espejo de tocador, veía impávido mi metamorfosis, qué gusto sentía por que aquella belleza me dejara como un pegote. Finalmente muy complacida me colocó un ridículo sombrerito o cucurucho de cartulina y penacho de papelitos de colores, detalle que no consideré, ya listo y transformado la invité a bailar, saltando de felicidad.

En aquel momento, la apatía por asistir a la monótona fiesta, y las glaciares consideraciones señaladas a mi hermana, eran cuestión del pasado, como mi austera apariencia inicial. Nos embutimos de lleno en medio de aquel idílico desorden “metiendo paso cachaco”, como diría mi primo Rafa “El Cagtagenero”. Retumbaba con infernal estridencia la clásica música que se acostumbra tocar en Navidad y fin de año, “Faltan 5 pa las doce”, “Yo no olvido el año viejo que va” y los éxitos de la temporada “La pollera colorada” y “Pepe no aprieta”. A cada invitado, como manifestación de cortesía de los anfitriones, se le colgaba al cuello una “primorosa” y decorada “totumita” sujetada con un cordel, con el propósito de poder beber en ella permanentemente, cada vez que pasaban repartiendo trago los incontables anfitriones y brindar con cada uno de ellos en una incontrolable secuencia etílica monacal.

Después de mucho rato de estar dando desbocadas vueltas y revueltas, de ires y venires boliando paso por todo el salón, mamándose el codazo o el empujón, empapado de sudor y fatiga, convidé a mi agotada e inolvidable pareja a tomar un merecido descanso.

Sentados por fin en algún reservado rincón de la fiesta, alborozado me disponía a conversar de todo y de nada, trivialidades le dicen, le ofrecí un cigarrillo como era gentil costumbre y prendí el mío, luciendo con presunción mi platinado briqué Zippo, aspire profundo la primera y última bocanada de humo de aquella célebre noche, sentí en ese instante como un puntillazo de gracia, que el mundo se vino encima, las paredes giraban vertiginosamente, el piso se hundió en un insondable abismo, un sudor frío e intenso me invadió, recorriendo todo el cuerpo, me incorporé pálido y tambaleante, mi cuerpo se había ido, el ángel también desapareció para siempre, nunca supe nada más de ella, nunca pude dar explicación alguna.

Sin mediar palabra, busqué afanosa y desesperadamente como único objetivo de mi vida un baño, “un baño por favor!, que me vomito, me cago, me muero!” Una vez en él, arrodillado me abracé desesperado con fuerza y agonía a la taza del sanitario, como única tabla de salvación. La tapa del “bizcocho” enredada no sé como me golpeaba sistemática y dolorosamente la nuca con cada arqueada y estertor que tenía, luego de expulsar todo el alcohol posible inyectado a borbotones, durante la danza, me sentí invadido por un escalofrío agonizante y sepulcral, empecé a temblar compulsiva e incontroladamente; vi en sueños afortunadamente por última vez el ridículo sombrerito en remolinos naufragar en la cisterna.

Luego todo húmedo, chorreado, sucio y avergonzado salí del baño y directo fui al segundo piso de la casa, refugiándome en una alcoba con luz tenue y cálida en donde había una amplia, mullida y confortable cama doble en la cual me tendí cuan largo soy. Transcurrió mucho o poco tiempo, relativo es este venerable anciano que nos cobija y quien va triturando enigmáticamente todo a su paso en la geometría del universo.

Lo cierto es que en la vulnerable pesadilla que me envolvía, escuchaba inicialmente un murmullo lejano que me fastidiaba, como el ladrido sistemático de un perro avizor en la noche, convirtiéndose éste luego en atronador eco de cascada que iba y volvía, oí vociferar histérico al patrón, gritando a todo pulmón ¡sáquenme ya a este borracho de aquí!. La almohada, las sábanas, el cubrelecho de la cama y quien sabe qué cosas más, debieron quedar hechos un asco, todo ese tizne negro y pastoso que tenía en la cara y demás inmundicias adheridas en tan lamentable circunstancia, los refregué pródigamente de un lado para otro, una y otra vez repasando contra estas finas y delicadas prendas de encaje, seda y satín, que engalanaban el lecho del Sultán. Dejando a la fuerza aquel benéfico refugio hecho un revoltijo, seguí deambulando por ahí, sin ningún discurso, una vez me echaron de la fiesta.

Irónicamente mi hermana y el novio, a quienes inicialmente tenía la misión y el compromiso de vigilar, después de mucho buscarme, me encontraron en la ya brumosa madrugada cuando la velada terminó, acurrucado, medio congelado y entelerido de frío, debajo de un frondoso caucho sabanero, árbol que con su espléndido follaje cubría gran parte del antejardín de la festiva residencia, al lado de la casa del mastín, el cual había huido al advertir mi fétida y maloliente presencia; llegué hasta allí hecho una verdadera piltrafa, desgreñado y andrajoso, parecía un gastado trapero, estado que contrastaba marcadamente con ese inicio tan perfumado, sublime y prometedor. La traumática experiencia dejó su enseñanza.

 

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