CulpabilidadMuchas veces, cuando por alguna circunstancia, sentía que le había causado daño a mis seres queridos o a otros, frecuentemente me sentía culpable. A mi parecer ésta era una loable manifestación de sensibilidad y de arrepentimiento por ese mal accionar que lastimaba profundamente mi moralidad.

A su vez, me atormentaban las posibles consecuencias de esa acción y el pensar cómo ellas repercutirían en mi futuro. Imaginaba un sinnúmero de problemas y hechos negativos que seguramente me complicarían la existencia y me harían vivir momentos angustiantes y dramáticos.

En cualquier caso, de ser victimaria pasaba a ser la víctima. Víctima de mis culpas primero y de mis preocupaciones después. Mi comportamiento culposo permitía también que otros me manipularan con "lo mal que los había hecho sentir" y entonces me justificaba devolviéndoles el golpe y reclamando que las actitudes de ellos eran la causa de mis equivocaciones, y si no podían ser ellos entonces la culpa la tenía Dios, la vida, el país, el ministro de economía, Bush o el mundo en general. Pero el tema seguía siendo que cualquiera fuera el orden y el destinatario de mis lamentos yo seguía sintiéndome mal, preocupada y culpable.

Tengo que destacar de mi personalidad (lo que considero una virtud) el hecho de que, tanto ayer como en el presente, he buscado resolver mis problemas, sobre todos los internos. La diferencia radica en que antes creía que con solo reconocer el defecto que lo originaba alcanzaba para resolverlo. Y si bien es cierto que ésta es la parte más difícil no sirve de nada si no hago algo por cambiarlo. Esto no quiere decir que haya solucionado todo pero sí que pude aprender a mirarme y conocerme mejor a través de mis actos. Es decir no mentirme, por lo menos a mi misma. 

Con respecto al tema puntual de la culpa, los mecanismos psicológicos de defensa (la negación y la justificación) no me permitían asumir que yo era el principio y el fin de mis vivencias, que todo lo que me alegraba o torturaba pasaba por alguna decisión afortunada o desafortunada que consciente o inconscientemente yo había tomado. Que no eran las cosas o los demás los que marcaban mi rumbo sino yo misma. Ése era el punto de partida.

Recordaba y analizaba la oración: " Señor, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo y la inteligencia para no confundir nunca las unas con las otras", y pude comprender que los acontecimientos malos o buenos del pasado, los actos con los que causé o me causaron perjuicio, un amor fracasado o las oportunidades perdidas eran hechos consumados que yo no podría cambiar por mas empeño que pusiera. Pero que la autocompasión inútil en la que me recluía frente a mi culpabilidad y preocupación era parte de las cosas que yo sí podía cambiar.

Como sabía que la base de mis comportamientos negativos estaba en mi forma de pensar, busqué y encontré los razonamientos erróneos en que se asentaba este defecto, que en exceso, es síntoma de evasión e irresponsabilidad. Creía, equivocadamente, que si revivía una y otra vez el hecho culposo y me cuestionaba y maldecía, estaba pagando el castigo merecido por mis errores. Si me culpaba constantemente, se redimiría mi “pecado” y evitaría tener que hacer algo para reparar los daños. Mantenerme culpable me hacía pensar que era sensible y buena, y eso era mejor que enfrentarme honestamente a mi posible maldad y a mis faltas. Castigarme constantemente con el pasado me servía para evadir mis responsabilidades actuales y tener que hacer algo por cumplirlas. Si lograba trasladar mis culpas al mundo, eran ellos los que tenían que cambiar y no yo. Si lograba que los demás me tuvieran lástima podía manipularlos y obtener ventajas, entonces prefería la compasión ajena, como un sustituto deficiente de la estima, en vez de valorarme yo misma.  

El siguiente paso fué decidir si quería mejorar o seguirme engañando. Y elegí madurar asumiéndome como lo que soy: un ser humano, imperfecto, con errores y con aciertos que no puede resumirse en un solo rótulo (o “buena” o “mala”) y que no puedo ni debo perder mi tiempo en buscar fuera de mí lo que de ningún otro lado puede provenir. Entonces ahora empiezo a cuestionar cada momento en los que "elijo" culparme y autocompadecerme y los reemplazo con hechos concretos, productivos y superadores. Pongo el foco en mis fortalezas y no en seguir lamentando mis "debilidades", pero teniéndolas en cuenta para no repetirlas y para que no me desvíen de mis objetivos. Elijo ser la dueña de mis actos, de mis pensamientos y de mis sentimientos aunque esto vaya en contra de alguien querido, porque elijo respetarme haciendo respetar lo que yo decido para mí. Trato de reparar los errores asumiendo mis responsabilidades hoy, sin excusarme en lo que hice antes y advirtiéndome que cuando seguí el camino más fácil no llegué a ningún lado. 

Cuando reniego de las actitudes de otra persona reflexiono y asumo que no tengo el poder de cambiarla, que no merece que le cargue el peso de mi “bienestar” y que debo aceptar que ella tiene derecho a ser como elija ser y a sentirse como elija sentirse y entonces mis enojos duran menos.

Ahora no me dejo manipular con la culpa porque sé que es en vano estar mal por un pasado que ya no puedo cambiar, porque nadie está exento de errar y eso no tiene que ser motivo para poner mi paz en otras manos y sobre todo porque ya no me hago responsable de la felicidad ajena ni tengo la soberbia idea de creerme "proveedora" de felicidad.

Hoy solo busco mi bienestar, mi equilibrio, el placer del ejercicio de mi libertad y la tranquilidad de mi conciencia.

La auto-superación es un quehacer diario y no es fácil, sobre todo porque los malos hábitos, propios y ajenos, nos condicionan y la sociedad nos bombardea con mensajes sobre la búsqueda del placer sensual, el disfrute y el pasatismo como objetivos primarios. Así que mientras termino esto me quedo pensando: ... las chicas buenas van al cielo, pero las malas... van a todos lados. Y sí, el dilema está en el “costo” del pasaje.

 

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