¿Cómo reconocemos una buena obra? Esta interrogante sigue dando vueltas en nuestras cabezas, sobre todo si hemos sido víctimas de engaños publicitarios que prometían una cosa y terminaron vendiéndonos otra. La respuesta sigue siendo compleja, pues, dependerá no sólo de los criterios de selección (que por cierto se pueden agudizar con la práctica) sino de nuestros gustos e inclinaciones. Una buena forma de evitar ser “engatusados” por las grandes editoriales es compartir opiniones con otras personas sobre lo que conocen de la obra. Esto nos conduce –si es que no nos restringe- a plantearnos ¿Y si todos los que me rodean son unos totales desconocedores del mundo literario? ¿A quién consulto? Pues bien, nadie es un total desconocedor de la literatura, incluso la abuelita más “chochita” al preguntarle nos recomendará a María o los poemas de Andrés Eloy Blanco, los más jóvenes pueden darnos opiniones sobre cine que en esencia proviene de obras literarias, ó en el mejor de los casos terminar revisando en Internet tanto en Blogs como en revistas electrónicas especializadas, lo que nos aportará herramientas para determinar lo que de verdad queremos leer. También es importante abrir nuestras opciones de lectura, pues, en la mayoría de los casos nos llevamos grandes sorpresas. A mí por ejemplo, estando en una biblioteca esperando que empezara un taller, se me atravesó una novela poco conocida que resultó ser una excelente fuente de entretenimiento y que terminé recomendando a todo el mundo sin tener más nada que decir sobre ella que no fuera ella misma. Cuando me preguntaban sobre el autor esperando fuera un nombre reconocido no podía decir más que la verdad: es un completo desconocido, no obstante, es buena, divertida, entretenida, léetela! Por lo tanto, la forma más segura de adquirir una buena obra es que haya cada día más y más lectores con quienes compartir ideas, opiniones, emociones. Falta entonces preguntarnos: ¿Qué estamos haciendo para que esto se logre? ¿Realmente estamos promoviendo la lectura?  Porque no en vano se dice que la obra cobra vida en manos del lector, sin él no es más que letra muerta, que signos por descifrar, que negro sobre blanco.

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